La dominación política. III, Grecia y la ciudad-estado

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Mientras en el sur y el este del Mediterráneo seguía la teocracia, al Norte tuvo lugar un notable experimento que, por diversas causas, ha continuado siendo motivo para que grupos utópicos lo considerasen como un ideal a imitar hasta la Commune y, si se me apura, hasta los sucesos de mayo del 68: la ciudad-estado. Resulta aleccionador que, en el lugar donde más se ha tratado de volver a un sistema similar, haya sido en los regímenes más centralistas pues no debemos olvidar tampoco que un origen similar tuvo el movimiento de las Juntas durante la guerra de la Independencia y, posteriormente, el cantonalismo de la Primera República y, si se me apura, la revolución de las Comunidades castellanas contra Carlos V y, sobre todo, sus ministros extranjeros. Y es que la ciudad-estado no fue patrimonio exclusivo de Grecia, se extendió, como mínimo, por las tres penínsulas del Mediterráneo si bien en la italiana no tardaron en ser absorbidas por la Urbs por excelencia y de la Península Ibérica no tenemos testimonios directos pero sí muchos indirectos de griegos y romanos que hacen entrever un régimen similar si bien limitado a las zonas del litoral mediterráneo, aquéllas que más fácilmente se romanizaron. Debido a todo esto, nos vamos a centrar preferentemente en el fenómeno griego como más característico sin olvidar que la cultura sumeria nació en lo que hoy se podría denominar también ciudad-estado y puede que los antiguos nomos egipcios no fuesen sino residuos de tales instituciones si bien no debemos olvidar que tales sucedieron antes de la aparición de las grandes instituciones estatales aunque tampoco se conociera el estado centralista en las tres penínsulas mediterráneas.

Ya desde que entra en la escena histórica, tenemos una serie de estados que se apoderan de la geografía sin que ninguno de ellos parezca ejercer una hegemonía determinada sobre los demás, el mismo mundo cretense, anterior al peninsular, no está unificado, son varias las ciudades que se disputan la primacía pero sin que, al parecer, hubiera guerras entre ellas por cuanto sus zonas urbanas no estaban fortificadas, este fenómeno sólo aparece con el peligro aqueo que, al parecer, terminaría con su independencia pero, cuando Homero nos relata la peripecia común del mundo griego en el asalto a Troya, nos lo representa formando una gran cantidad de estados independientes si bien es cierto que bajo el mandato de los reyezuelos de Micenas (Agamenón) y Esparta (el ofendido Menelao). Se ha discutido mucho sobre si el mundo que representa Homero es el que vivió, sobre los siglos VIII y VII, o bien es un reflejo de antiguas historias: al parecer, fue más lo primero pero las excavaciones y otro tipo de testimonios nos dan a entender la fragmentación política de aquella península con lo cual el fenómeno conocido en los tiempos clásicos tiene una larga tradición. Resumiendo, hasta Filipo de Macedonia (una especie de Sargón de Acad respecto al mundo griego), el mundo griego nunca estuvo unificado al menos que conste para la historia aunque, eso sí, ellos tenían plena conciencia de pertenecer a un único pueblo, un pueblo que tenía dioses y cultos comunes y que se reunía cada cierto tiempo para celebrar sus juegos deportivos durante los cuales (especialmente los olímpicos), al contrario de lo que sucede en la actualidad, se suspendía cualquier tipo de hostilidad entres unas ciudades y otras pues los conflictos internos fueron el tono dominante de aquella historia que, por unas causas u otras, han quedado como un ideal para toda la Humanidad a pesar de las notorias desigualdades que en él existían pero centrémonos en el tema.

descarga            Cuando Grecia sale de la Edad Oscura, se nos aparece como una serie de minúsculos estados todos ellos gobernados por reyes. Ya los aqueos han desaparecido con excepción de Atenas y el mundo jónico (el mundo griego peninsular en la época clásica era más reducido que el actual pero, en cambio, tenía numerosas ciudades independientes en las costas de Asia, ciudades que se incrementarían con las colonias en el oeste mediterráneo) y han sido sustituidos por los dorios: el hierro se ha impuesto al bronce pero las estructuras siguen inmutables. Según Starr: “La polis se desarrolló a finales del siglo VIII a.C. Partiendo de la monarquía tribal, y continuó consolidando sus instituciones en los siguientes 300 años. Fundamentalmente fue la palanca de una organización política consciente y de la colonización griega”[1]. En estas pocas frases nos podemos inspirar para todo el estudio de Grecia hasta Alejandro porque, efectivamente, la monarquía (con excepción de Esparta y algún otro estado de menor importancia) fue abolida para ser substituida por una aristocracia ávida de riquezas y poder. Quizá nada nos pueda ilustrar mejor sobre el tema que la lucha de los pretendientes a la mano de Penélope y el final que éstos tuvieron a manos de Ulises y su hijo. La monarquía, para intentar mantenerse, debió apoyarse en el pueblo y, como siempre que esto ocurre, la aristocracia se unió en una piña dando fin a la monarquía por cuanto en aquel entonces los poderes del Estado no tenían la fuerza que han ido conquistando a través de los tiempos y la monarquía no se adquiría por derecho divino como ocurría en otras partes del mundo. Los nobles, para sentirse seguros y sin estorbos, crearon su propio sistema, una especie de democracia pero sólo para ellos que dejaba por completo desprovistos de derechos a los simples ciudadanos. Fue entonces cuando comenzaron los grandes conflictos sociales. Por aquel entonces no era extraño que los campesinos, endeudados, terminaran, tanto ellos como su familia, en la esclavitud al no poder hacer frente a los intereses usurarios sólo “En Beocia no hubo revueltas sociales, tan características de las ciudades griegas desarrolladas de los siglos III-VI a.C. La causa, desde luego, no fue ‘la estupidez de los cerdos beocios’, como decían despectivamente sus vecinos, los atenienses, sino las características particulares del desarrollo económico de la región […] En Beocia, un agricultor que poseyera aunque fuera una pequeña parcela, con una forma relativamente intensiva de efectuar su labor, podía subsistir“[2]  pero, como nos señala el mencionado autor, eso no sucedía en el resto y, para paliar este problema, el primer sistema que discurrió la aristocracia fue el de fundar colonias y con ello dar nacimiento al poderío marítimo que se mostraría más tarde frente a los persas –aunque quizás fuera al revés, primero el poderío marítimo que se conoce desde la semimítica Creta pasando por los micénicos-. Pero la colonización no era una solución sino un parche que no tardó en servir para otros fines aparte de colocar el excedente de población: también se utilizó para expatriar a los descontentos con el régimen imperante pero todo ello trajo consigo serias disensiones y luchas en el seno de las diferentes ciudades-estado hasta que comenzaron a aparecer los legisladores el más conocido de los cuales fue Solón (el caso de Esparta y Licurgo es distinto y se verá en otro capítulo). Éste abolió las deudas o, al menos, parte de ellas así como impidió la esclavitud por deudas y dividió a los ciudadanos en cuatro clases según su fortuna a efectos fiscales y políticos ya que, las dos primeras clases podían ser electores y elegidos mientras las dos segundas sólo lo primero lo cual, hasta cierto punto, era lógico ya que el ostentar un cargo era considerado como un honor que la ciudad otorgaba al elegido por lo cual éste debía hacer una serie de gastos que sólo estaban al alcance de los más pudientes lo cual era una forma como cualquier otra que tenía la oligarquía para perpetuarse en el poder. Pero las reformas de Solón no fueron del agrado de la mayoría. Como casi siempre que se tira por la calle de en medio, para unos se quedó corto y para otros demasiado largo debido a lo cual, sólo cuatro años duró la tranquilidad en Atenas según palabras de Aristóteles.

Debido a las múltiples tensiones comenzó a aparecer la figura del tirano, una figura denostada por la historiografía oficial por cuanto ésta pertenecía o estaba  sufragada por la aristocracia pero que no lo fue para el resto de los ciudadanos:

 

Para las poleis que la vivieron, la tiranía comportó un gran avance en la consolidación de sus estructuras económicas, sociales y culturales, ante todo, los tiranos atracaron el problema de la crisis agraria y repartieron tierras confiscadas a sus enemigos políticos, prestando semillas y aperos de labranza a los más necesitados y alentando la fundación de colonias por familiares o amigos.

“La paz social que ellos impusieron favoreció y estabilizó al campesinado como clase, futuro puntal de los regímenes isonómicos por aparecer (oligarquías y democracias). Por otra parte, las áreas de aparición del nuevo régimen fueron, sintomáticamente, aquéllas en que la economía urbana estaba mejor implantada”[3].

 

Es decir, seguían una política que hoy denominaríamos socialdemócrata aunque de una forma despótica denegadora de los derechos políticos  pero eso al pueblo no le importaba por cuanto hasta entonces, y que ellos recordaran, no los habían tenido nunca no obstante, de una forma u otra, también las tiranías fueron cayendo siendo reemplazadas nuevamente por la aristocracia pero ésta ya estaba tocada del ala, el pueblo sabía -o intuía- que tenía ciertos derechos, que un griego no podía esclavizar a otro, como mínimo un ateniense o un tebano a otro ateniense u otro tebano, pues todos eran iguales. Naturalmente la aristocracia no pensaba igual y volvieron los conflictos, las luchas, las matanzas…

Tras la expulsión de los tiranos (hecho que se produce casi simultáneamente en todas las ciudades que habían adoptado tal forma de gobierno casi como ha sucedido en nuestros días en Europa, primero la del Sur y luego la del Este) y unos comienzos titubeantes se hizo Clístenes con el poder y comenzaron otras reformas encaminadas a dar mayor protagonismo a las clases populares. Desde aquí, hasta la época de las Guerras del Peloponeso, los ciudadanos atenienses fueron adquiriendo todos la posibilidad de ser también elegidos y no sólo eso, además, cuando ocupaban sus cargos, les era retribuido el tiempo que éste les quitaba para sus asuntos domésticos con un equivalente a nuestro salario base (luego fue algo superior si bien hay que reconocer que en aquel entonces era un porcentaje mayor de la población el que se debía conformar con ese salario para vivir que en la actualidad española) de tal forma que los aristócratas ya no vieron tan ventajoso el ostentado por cuanto no era ya tanto un signo de distinción y los emolumentos muy escasos para ellos además, para evitar cualquier tipo de trampa electoral, se fue generalizando el uso del sorteo, es decir, una vez efectuada la votación, se sacaba de las, podíamos llamar, urnas, los equivalentes de las papeletas electorales hasta cubrir el cupo de las personas necesarias. Este sistema llegó a hacerse extensivo a todo tipo de magistraturas con excepción del de strategós o jefe militar que era elegido según el recuento de votos. De esta forma, Pericles pudo dominar la vida ateniense durante unos veinticinco años. También se introdujo la figura del ostracismo por la cual, cualquier persona acusada de buscar la tiranía, tras un proceso bastante más complicado del que algunos interesados autores han querido dar a entender, podía ser condenado a diez años de destierro pero sin perder sus  propiedades y volviendo al cabo de los mismos, a disfrutar de todos sus derechos civiles.

Naturalmente, hay que hacer algunas precisiones a esta visión de conjunto: sólo los ciudadanos tenían todos los derechos mencionados y, entre éstos, sólo los varones (en realidad, las mujeres no eran consideradas tales luego esta precisión sobra). Era un régimen en el cual la esclavitud tenía una importancia mayor cada vez y éstos, como siempre ha sucedido, carecían de los más mínimos derechos. Por otra parte, estaba el problema de los metecos que ha sido desorbitado por los historiadores tradicionales: estos metecos eran residentes extranjeros, es decir , personas que, debido a su oficio, normalmente mercaderes, o cualquier otra circunstancia, residían temporalmente en Atenas llegando en algunos momentos a formar una colonia considerable: como sucede en todos los estados actuales, éstos no tenían derechos políticos pero esto no es una causa para desprestigiar los logros de la democracia ateniense que sí tuvo otros defectos desde el punto de vista moderno, como el mantenimiento de la esclavitud y el imperialismo de que hizo gala tras las guerras contra los persas aspecto éste que supone, para los mismos historiadores, uno de sus grandes logros.

Una segunda precisión es que tal estado de cosas no fue general a Grecia, donde solían dominar las oligarquías como fue en Beocia o bien el caso excéntrico de Esparta. En cuanto a las oligarquías, ya hemos dicho, en líneas generales, cómo funcionaban y de Esparta nos ocuparemos en otro capítulo como ya ha sido señalado.

La tercera precisión es que estos sistemas -a excepción del sempiterno espartano- fueron trasplantados con mayor o peor fortuna a las colonias que, caso paradójico en la historia de este tipo de dominación, fueron en su casi totalidad independientes de la ciudad que les dio origen aunque mantuvieran con ella lazos fraternales pero no siempre y a ella trasladaron sus instituciones.

[1] STARR, Chester G.: “Historia del Mundo Antiguo”. Tr. ed. ing. 1965: E. Benítez. Akal. Madrid, 1974, pp. 232-233

[2] STRUVE, V. V.: “Historia de la antigua Grecia” Tr. ed rus. 1956: M. Caplpan y Equipo Editorial. Akal. Madrid, 1974, 4ª ed.: 1981, p , 152]

[3] TRONCOSO: El genio griego,  Información y Revistas. Madrid, 1988. p. 17

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