La dominación política. III, Grecia y la ciudad-estado

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Mientras en el sur y el este del Mediterráneo seguía la teocracia, al Norte tuvo lugar un notable experimento que, por diversas causas, ha continuado siendo motivo para que grupos utópicos lo considerasen como un ideal a imitar hasta la Commune y, si se me apura, hasta los sucesos de mayo del 68: la ciudad-estado. Resulta aleccionador que, en el lugar donde más se ha tratado de volver a un sistema similar, haya sido en los regímenes más centralistas pues no debemos olvidar tampoco que un origen similar tuvo el movimiento de las Juntas durante la guerra de la Independencia y, posteriormente, el cantonalismo de la Primera República y, si se me apura, la revolución de las Comunidades castellanas contra Carlos V y, sobre todo, sus ministros extranjeros. Y es que la ciudad-estado no fue patrimonio exclusivo de Grecia, se extendió, como mínimo, por las tres penínsulas del Mediterráneo si bien en la italiana no tardaron en ser absorbidas por la Urbs por excelencia y de la Península Ibérica no tenemos testimonios directos pero sí muchos indirectos de griegos y romanos que hacen entrever un régimen similar si bien limitado a las zonas del litoral mediterráneo, aquéllas que más fácilmente se romanizaron. Debido a todo esto, nos vamos a centrar preferentemente en el fenómeno griego como más característico sin olvidar que la cultura sumeria nació en lo que hoy se podría denominar también ciudad-estado y puede que los antiguos nomos egipcios no fuesen sino residuos de tales instituciones si bien no debemos olvidar que tales sucedieron antes de la aparición de las grandes instituciones estatales aunque tampoco se conociera el estado centralista en las tres penínsulas mediterráneas.

Ya desde que entra en la escena histórica, tenemos una serie de estados que se apoderan de la geografía sin que ninguno de ellos parezca ejercer una hegemonía determinada sobre los demás, el mismo mundo cretense, anterior al peninsular, no está unificado, son varias las ciudades que se disputan la primacía pero sin que, al parecer, hubiera guerras entre ellas por cuanto sus zonas urbanas no estaban fortificadas, este fenómeno sólo aparece con el peligro aqueo que, al parecer, terminaría con su independencia pero, cuando Homero nos relata la peripecia común del mundo griego en el asalto a Troya, nos lo representa formando una gran cantidad de estados independientes si bien es cierto que bajo el mandato de los reyezuelos de Micenas (Agamenón) y Esparta (el ofendido Menelao). Se ha discutido mucho sobre si el mundo que representa Homero es el que vivió, sobre los siglos VIII y VII, o bien es un reflejo de antiguas historias: al parecer, fue más lo primero pero las excavaciones y otro tipo de testimonios nos dan a entender la fragmentación política de aquella península con lo cual el fenómeno conocido en los tiempos clásicos tiene una larga tradición. Resumiendo, hasta Filipo de Macedonia (una especie de Sargón de Acad respecto al mundo griego), el mundo griego nunca estuvo unificado al menos que conste para la historia aunque, eso sí, ellos tenían plena conciencia de pertenecer a un único pueblo, un pueblo que tenía dioses y cultos comunes y que se reunía cada cierto tiempo para celebrar sus juegos deportivos durante los cuales (especialmente los olímpicos), al contrario de lo que sucede en la actualidad, se suspendía cualquier tipo de hostilidad entres unas ciudades y otras pues los conflictos internos fueron el tono dominante de aquella historia que, por unas causas u otras, han quedado como un ideal para toda la Humanidad a pesar de las notorias desigualdades que en él existían pero centrémonos en el tema.

descarga            Cuando Grecia sale de la Edad Oscura, se nos aparece como una serie de minúsculos estados todos ellos gobernados por reyes. Ya los aqueos han desaparecido con excepción de Atenas y el mundo jónico (el mundo griego peninsular en la época clásica era más reducido que el actual pero, en cambio, tenía numerosas ciudades independientes en las costas de Asia, ciudades que se incrementarían con las colonias en el oeste mediterráneo) y han sido sustituidos por los dorios: el hierro se ha impuesto al bronce pero las estructuras siguen inmutables. Según Starr: “La polis se desarrolló a finales del siglo VIII a.C. Partiendo de la monarquía tribal, y continuó consolidando sus instituciones en los siguientes 300 años. Fundamentalmente fue la palanca de una organización política consciente y de la colonización griega”[1]. En estas pocas frases nos podemos inspirar para todo el estudio de Grecia hasta Alejandro porque, efectivamente, la monarquía (con excepción de Esparta y algún otro estado de menor importancia) fue abolida para ser substituida por una aristocracia ávida de riquezas y poder. Quizá nada nos pueda ilustrar mejor sobre el tema que la lucha de los pretendientes a la mano de Penélope y el final que éstos tuvieron a manos de Ulises y su hijo. La monarquía, para intentar mantenerse, debió apoyarse en el pueblo y, como siempre que esto ocurre, la aristocracia se unió en una piña dando fin a la monarquía por cuanto en aquel entonces los poderes del Estado no tenían la fuerza que han ido conquistando a través de los tiempos y la monarquía no se adquiría por derecho divino como ocurría en otras partes del mundo. Los nobles, para sentirse seguros y sin estorbos, crearon su propio sistema, una especie de democracia pero sólo para ellos que dejaba por completo desprovistos de derechos a los simples ciudadanos. Fue entonces cuando comenzaron los grandes conflictos sociales. Por aquel entonces no era extraño que los campesinos, endeudados, terminaran, tanto ellos como su familia, en la esclavitud al no poder hacer frente a los intereses usurarios sólo “En Beocia no hubo revueltas sociales, tan características de las ciudades griegas desarrolladas de los siglos III-VI a.C. La causa, desde luego, no fue ‘la estupidez de los cerdos beocios’, como decían despectivamente sus vecinos, los atenienses, sino las características particulares del desarrollo económico de la región […] En Beocia, un agricultor que poseyera aunque fuera una pequeña parcela, con una forma relativamente intensiva de efectuar su labor, podía subsistir“[2]  pero, como nos señala el mencionado autor, eso no sucedía en el resto y, para paliar este problema, el primer sistema que discurrió la aristocracia fue el de fundar colonias y con ello dar nacimiento al poderío marítimo que se mostraría más tarde frente a los persas –aunque quizás fuera al revés, primero el poderío marítimo que se conoce desde la semimítica Creta pasando por los micénicos-. Pero la colonización no era una solución sino un parche que no tardó en servir para otros fines aparte de colocar el excedente de población: también se utilizó para expatriar a los descontentos con el régimen imperante pero todo ello trajo consigo serias disensiones y luchas en el seno de las diferentes ciudades-estado hasta que comenzaron a aparecer los legisladores el más conocido de los cuales fue Solón (el caso de Esparta y Licurgo es distinto y se verá en otro capítulo). Éste abolió las deudas o, al menos, parte de ellas así como impidió la esclavitud por deudas y dividió a los ciudadanos en cuatro clases según su fortuna a efectos fiscales y políticos ya que, las dos primeras clases podían ser electores y elegidos mientras las dos segundas sólo lo primero lo cual, hasta cierto punto, era lógico ya que el ostentar un cargo era considerado como un honor que la ciudad otorgaba al elegido por lo cual éste debía hacer una serie de gastos que sólo estaban al alcance de los más pudientes lo cual era una forma como cualquier otra que tenía la oligarquía para perpetuarse en el poder. Pero las reformas de Solón no fueron del agrado de la mayoría. Como casi siempre que se tira por la calle de en medio, para unos se quedó corto y para otros demasiado largo debido a lo cual, sólo cuatro años duró la tranquilidad en Atenas según palabras de Aristóteles.

Debido a las múltiples tensiones comenzó a aparecer la figura del tirano, una figura denostada por la historiografía oficial por cuanto ésta pertenecía o estaba  sufragada por la aristocracia pero que no lo fue para el resto de los ciudadanos:

 

Para las poleis que la vivieron, la tiranía comportó un gran avance en la consolidación de sus estructuras económicas, sociales y culturales, ante todo, los tiranos atracaron el problema de la crisis agraria y repartieron tierras confiscadas a sus enemigos políticos, prestando semillas y aperos de labranza a los más necesitados y alentando la fundación de colonias por familiares o amigos.

“La paz social que ellos impusieron favoreció y estabilizó al campesinado como clase, futuro puntal de los regímenes isonómicos por aparecer (oligarquías y democracias). Por otra parte, las áreas de aparición del nuevo régimen fueron, sintomáticamente, aquéllas en que la economía urbana estaba mejor implantada”[3].

 

Es decir, seguían una política que hoy denominaríamos socialdemócrata aunque de una forma despótica denegadora de los derechos políticos  pero eso al pueblo no le importaba por cuanto hasta entonces, y que ellos recordaran, no los habían tenido nunca no obstante, de una forma u otra, también las tiranías fueron cayendo siendo reemplazadas nuevamente por la aristocracia pero ésta ya estaba tocada del ala, el pueblo sabía -o intuía- que tenía ciertos derechos, que un griego no podía esclavizar a otro, como mínimo un ateniense o un tebano a otro ateniense u otro tebano, pues todos eran iguales. Naturalmente la aristocracia no pensaba igual y volvieron los conflictos, las luchas, las matanzas…

Tras la expulsión de los tiranos (hecho que se produce casi simultáneamente en todas las ciudades que habían adoptado tal forma de gobierno casi como ha sucedido en nuestros días en Europa, primero la del Sur y luego la del Este) y unos comienzos titubeantes se hizo Clístenes con el poder y comenzaron otras reformas encaminadas a dar mayor protagonismo a las clases populares. Desde aquí, hasta la época de las Guerras del Peloponeso, los ciudadanos atenienses fueron adquiriendo todos la posibilidad de ser también elegidos y no sólo eso, además, cuando ocupaban sus cargos, les era retribuido el tiempo que éste les quitaba para sus asuntos domésticos con un equivalente a nuestro salario base (luego fue algo superior si bien hay que reconocer que en aquel entonces era un porcentaje mayor de la población el que se debía conformar con ese salario para vivir que en la actualidad española) de tal forma que los aristócratas ya no vieron tan ventajoso el ostentado por cuanto no era ya tanto un signo de distinción y los emolumentos muy escasos para ellos además, para evitar cualquier tipo de trampa electoral, se fue generalizando el uso del sorteo, es decir, una vez efectuada la votación, se sacaba de las, podíamos llamar, urnas, los equivalentes de las papeletas electorales hasta cubrir el cupo de las personas necesarias. Este sistema llegó a hacerse extensivo a todo tipo de magistraturas con excepción del de strategós o jefe militar que era elegido según el recuento de votos. De esta forma, Pericles pudo dominar la vida ateniense durante unos veinticinco años. También se introdujo la figura del ostracismo por la cual, cualquier persona acusada de buscar la tiranía, tras un proceso bastante más complicado del que algunos interesados autores han querido dar a entender, podía ser condenado a diez años de destierro pero sin perder sus  propiedades y volviendo al cabo de los mismos, a disfrutar de todos sus derechos civiles.

Naturalmente, hay que hacer algunas precisiones a esta visión de conjunto: sólo los ciudadanos tenían todos los derechos mencionados y, entre éstos, sólo los varones (en realidad, las mujeres no eran consideradas tales luego esta precisión sobra). Era un régimen en el cual la esclavitud tenía una importancia mayor cada vez y éstos, como siempre ha sucedido, carecían de los más mínimos derechos. Por otra parte, estaba el problema de los metecos que ha sido desorbitado por los historiadores tradicionales: estos metecos eran residentes extranjeros, es decir , personas que, debido a su oficio, normalmente mercaderes, o cualquier otra circunstancia, residían temporalmente en Atenas llegando en algunos momentos a formar una colonia considerable: como sucede en todos los estados actuales, éstos no tenían derechos políticos pero esto no es una causa para desprestigiar los logros de la democracia ateniense que sí tuvo otros defectos desde el punto de vista moderno, como el mantenimiento de la esclavitud y el imperialismo de que hizo gala tras las guerras contra los persas aspecto éste que supone, para los mismos historiadores, uno de sus grandes logros.

Una segunda precisión es que tal estado de cosas no fue general a Grecia, donde solían dominar las oligarquías como fue en Beocia o bien el caso excéntrico de Esparta. En cuanto a las oligarquías, ya hemos dicho, en líneas generales, cómo funcionaban y de Esparta nos ocuparemos en otro capítulo como ya ha sido señalado.

La tercera precisión es que estos sistemas -a excepción del sempiterno espartano- fueron trasplantados con mayor o peor fortuna a las colonias que, caso paradójico en la historia de este tipo de dominación, fueron en su casi totalidad independientes de la ciudad que les dio origen aunque mantuvieran con ella lazos fraternales pero no siempre y a ella trasladaron sus instituciones.

[1] STARR, Chester G.: “Historia del Mundo Antiguo”. Tr. ed. ing. 1965: E. Benítez. Akal. Madrid, 1974, pp. 232-233

[2] STRUVE, V. V.: “Historia de la antigua Grecia” Tr. ed rus. 1956: M. Caplpan y Equipo Editorial. Akal. Madrid, 1974, 4ª ed.: 1981, p , 152]

[3] TRONCOSO: El genio griego,  Información y Revistas. Madrid, 1988. p. 17

La dominación política II. La dominación política en tiempos de los faraones.

Lo que seguía sin duda era la necesidad de elegir algún jefe. Desde tiempos inmemoriales, el grupo humano había tenido un jefe -si bien hay que hacer notar que éste, en muchas ocasiones, apenas sí lo ha sido más que nominalmente, casi menos que un primus inter pares sobre todo desde que su fuerza dejó de ser necesaria para el grupo. Para profundizar en este punto, remito al lector interesado al capítulo noveno de Antropología cultural de Marvin Harris- y no veía la necesidad de cambiar las costumbres a pesar que, a medida que pasaba el tiempo, iba absorbiendo más y más prerrogativas e incluso ya no era él quien defendía el grupo sino éste a él pues era él quien tenía las mayores riquezas codiciadas, ahora, por otros grupos.

La vida humana ya no corría mucho peligro frente a las fieras. Se había inventado el arco, el escudo, yelmo y hasta coraza, todo de bronce. En algunas partes del mundo hacía tiempo que ya no se depredaba la naturaleza sino que se la dominaba: se araban los campos, varios tipos de animales habían sido domesticados viviendo en simbiosis con el hombre quien los protegía de sus habituales depredadores a cambio de cederle alguno de sus ejemplares como alimento así como leche, lana y fuerza de trabajo. Otros, en cambio, fueron utilizados como ayuda para la caza y la guerra pues ya los hombres luchaban unos contra otros. Había grupos con riquezas envidiadas por otros que no las tenían, los nómadas querían hacerse con las cosechas de los sedentarios y éstos no estaban dispuestos a compartirla.

Los reyes -ya no jefes, y el cambio es más que semántico- o príncipes se estaban quedando con el oro y las piedras preciosas. En las tumbas de la Edad del Bronce, en contra de lo que sucede durante casi todo el Neolítico, ya existen grandes diferencias entre las de los ricoshombres y el común de las gentes incluidos en este punto a los nómadas quienes, si no conseguían dominar permanentemente las civilizaciones a las que sometían debido precisamente a su carácter nómada, al menos copiaban en la medida de lo posible su estilo de vida.

En las grandes civilizaciones hidráulicas, la diferencia era abismal: desde las inmensas pirámides faraónicas al simple suelo del desierto. El primitivo jefe se había convertido en dios y los sacerdotes eran sus más fieles servidores -antes había sido al revés pero de estas peculiaridades ya hablaremos en el capítulo correspondiente-. Entre  ambos acaparaban la mayor parte de las riquezas y el pueblo trabajaba para ellos sin llegar a conocer muy bien cómo había sucedido aquel cambio probablemente muy lento para que una conciencia no formada históricamente pudiera apreciarlo. Para el fellah egipcio probablemente aquella situación hubiera durado siempre si bien algo quedó en el subconsciente colectivo que comenzó a forjar la mítica Edad del Oro que Cervantes sintetizó a la perfección: “¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados; y no porque en ellos el oro (que en esta nuestra edad del hierro tanto se estima), se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío[1] así como el jardín del Edén, una época en la cual el hombre no tenía que hacer otra cosa que alargar la mano para coger el fruto deseado, entre otras cosas, porque aún vivía en los árboles en la cálida África cosa que no podía ocurrir en otras partes del mundo colonizada posteriormente por los hombres. Pero estos mitos no pasaron de ahí. Eran otras épocas en la cual los dioses vivían entre los hombres y había gigantes en la tierra, todo un montaje preparado por príncipes y sacerdotes para que el común de las gentes no siguiera indagando en su subconsciente colectivo, comenzaba a funcionar la dominación de tipo ideológico pero esto es tema de otro capítulo.

Los faraones, poco a poco, fueron bajando de su alto pedestal a medida que las intrigas palaciegas fueron demostrando que no eran tales dioses -en la coetánea Ebla, el rey ni siquiera salía de su palacio quizá para que el pueblo no supiera que era un simple mortal y tales prácticas continuaron al menos hasta el tardo imperio romano cuando ni siquiera se podía ver al emperador el rostro dado que incluso en ocasiones sólo estaba presente tras una cortina y eso a pesar que ya el cristianismo se había apoderado del Estado-, que cualquiera no perteneciente a la primitiva familia del faraón y, por tanto, sin sangre divina, podía ocupar su puesto caso de tener la fuerza necesaria para ello. Naturalmente, para legitimar su poder, se casaban con alguna hija del anterior faraón –teoría, por cierto, puesta en duda en los últimos tiempos- y sus sucesores entroncaban en línea directa con los más antiguos reyes del Alto y Bajo Egipto aparte el inventarse nacimientos míticos al estilo del más conocido de Moisés pero que ya había utilizado con anterioridad Sargón de Acad y harían otros muchos líderes con posterioridad para legitimar sus ilegítimas aspiraciones pero la duda no cesaba por ello -naturalmente, como queda insinuado más arriba, el casarse con una hija del rey depuesto, no era exclusiva de Egipto, no hay más que recordar la boda que tuvo Alejandro Magno con Roxana, hija de Darío III, para hacerse coronar heredero de éste-, una duda que fue minando la propia seguridad de los faraones como se puede comprobar siguiendo la historia del arte: en un principio, ellos eran claramente los dioses. Es cierto que había otros pero él era la encarnación de Horus y se representaba en igualdad de condiciones a sus congéneres e, incluso, creo recordar que algunos dioses aparecían de tamaño menor pero, a medida que la propia fe del faraón perdía enteros, él comenzó a ser representado en actitud suplicante ante quienes seguían siendo sus congéneres pero, tras la revolución amarniana encabezada por Amenofis IV -más tarde Akhenatón- ese mínimo de seguridad despareció a pesar de los esfuerzos sacerdotales por mantenerlo al frente del panteón y entonces fueron ellos quienes se desligaron de la monarquía fundando, en sus dominios tebanos, una dinastía propia si bien por poco tiempo. Apareció una nueva que quiso revivir los tiempos del Imperio Antiguo, la época de las grandes pirámides pero era una dinastía que ya no se imponía al pueblo por el carisma divino del faraón sino por el peso de las armas de su guardia y el poder de su creciente burocracia. En realidad había sido un proceso mucho más antiguo pero ya se demuestra en toda su crudeza. Es en la época del Imperio Nuevo cuando aparece este fenómeno tal y como lo heredarían lo Ptolomeos -la dinastía Lágida, sucesora, en Egipto, del gran imperio de Alejandro Magno- y, mas tarde, romanos y árabes. Poco ha cambiado en el país del Nilo en los tres últimos milenios a pesar de las varias fachadas que se han sucedido en el mismo.

[1][I, IX]

Formas de dominación (II) La dominación política (I)

La dominación política de unos hombres sobre otros es el tipo de subyugación más antigua que se presupone, también la más natural y, por tanto, la más antihumana por cuanto no es creación del hombre como tal sino de sus ancestros simiescos.

Si por algo ha destacado el ser humano ha sido por intentar desligarse de todas las ataduras con sus ancestros no-racionales sin embargo, a pesar de una lucha titánica mantenida a través de muchos milenios para liberarse de la tutela de los gerifaltes de turno, nos encontramos en la actualidad con que el poder del Estado, la nueva forma de dominación, va creciendo día a día a pesar de lo que nos quieren hacer creer en la actualidad los detentadores del nuevo liberalismo. El control del Estado sobre cada uno de nosotros es mucho más estrecho que hace unos pocos decenios incluso en plena dictadura franquista. El Estado nos controla, sigue nuestros pasos minuto a minuto a través de las más variadas tecnologías y la gran pesadilla de Orwell parece que está a punto de ser realidad, quizá se equivocara en algunos decenios pero eso, ¿qué importa? Lo más curioso del asunto es que tal cumplimiento está sucediendo en una época en la cual han desaparecido los regímenes estalinistas de Europa -quizá porque  ya no sea necesaria una opresión tan burda como los viejos gulags- y son precisamente los llamados democráticos los que están llevando a cabo este proceso aunque es probable que Orwell no considerara democráticos a este tipo de regímenes como hago yo mismo e intentaré demostrar más adelante.

Quizás el mayor problema que nos encontremos quienes sí queremos vivir en un sistema democrático -ya se sabe aquello de todo para el pueblo, por el pueblo y con el pueblo o ese otro mucho más radical: Libertad, Igualdad y Fraternidad- es que al simple ciudadano no le importa gran cosa el recorte de sus libertades en aras de eso que viene denominándose “seguridad” pero… ¿qué tipo de seguridad puede ofrecernos un Estado que se debate constantemente entre la bancarrota y la dictadura? ¿Lo vamos a vender todo en aras a una paz ficticia, una paz que a lo único que se asemeja es a la paz de los cementerios?

¿Qué paz, qué seguridad son éstas?

¿Y cómo hemos llegado a este punto?

¿Cuál fue nuestro punto de partida?

Tres puntos y muchas interrogaciones entre ellos.

A todo trataré de responder en este capítulo si bien no debo dejar de olvidar que el dominio político de unas personas sobre otras va normalmente acompañado de otro tipo de dominación que ayuda o confirma ésta pero es ésta, precisamente, la que más claramente se manifiesta a lo largo de la historia. También, según todos los indicios, la primera ya que, como acabo de señalar, es la que nos retrotrae a nuestros ancestros no-racionales pues el hombre, como casi todos los simios, es, naturalmente, un animal social y en todas las especies sociales se da una cierta jerarquía, más marcada en unos casos que en otros pero muy fuerte entre casi todos los primates y simios en general con las lógicas excepciones. Los estudios que se han hecho sobre babuinos, gorilas y demás así lo demuestran.

En todos ellos hay un macho dominante y, a su alrededor, un grupo de machos secundarios siempre dispuestos a restablecer el orden cuando hay algún alboroto y a ocupar el puesto del macho dominante en cuanto éste desaparezca o bien dé alguna muestra de debilidad. Por ello, éste siempre ha de estar alerta y manifestando, con cierta frecuencia, su superioridad sobre los demás. Cualquier estudio de un etólogo al respecto puede servir para ampliar este aspecto por lo cual paso adelante sin más preámbulos aunque sí confesando que no soy un etólogo.

Así pues, nos encontramos con los primeros grupos humanos, unos animales bastante extraños que caminan erguidos pero que corren poco, con unas mandíbulas y unas garras poco adecuadas para el ataque o la defensa pero con algo fundamental: un cerebro muy desarrollado y, casi con toda seguridad, un tipo de lenguaje que le permite la enseñanza de sus conocimientos a sus descendientes.

En este momento, la enseñanza no es un privilegio sino una necesidad social, se deben enseñar todos los adelantos para hacer más efectiva la supervivencia del grupo además de transmitir los transmitidos por las anteriores generaciones.

Y así, ante el pasmo de cualquier observador imparcial, aquel animal, en nada adaptado al medio, no sólo sobrevivió sino que fue más poderoso cuando menos adaptado estaba físicamente a las condiciones medioambientales, una rara avis que se expandía por todo el planeta superando todo tipo de dificultades geográficas, siempre en grupo, siempre con un macho dominante pero este macho era el más fuerte, era aquél que más le interesaba al grupo por sus características para la defensa del mismo y era un jefe que era derrocado cuando no servía para su cometido e, incluso, según apuntan varios antropólogos, puede que el jefe derrocado sirviera de alimento al resto de la tribu, teoría de la cual se aprovechó Freud para construir su, en muchos aspectos, admirable Tótem y tabú  si bien ha sido muy criticada en numerosos puntos por cuanto para otros estudiosos lo que querían hacer al comer al viejo jefe era asumir su poder, su fuerza, como si en su carne estuviera concentrada la capacidad de volver a ser como él, o sea, una especie de reencarnacionismo.

Eran otros tiempos. El hombre, aunque físicamente negase las teorías de Darwin, en realidad, estaba luchando contra todos. Dejó de ser un animal frugívoro para convertirse en omnívoro: las primeras carnes que ingiriera probablemente fuese carroña e insectos así como sería escaso el porcentaje de la misma en sus dietas, porcentaje que fue incrementando a medida que se alejaba de las regiones tropicales hacia otras en las cuales las frutas son más escasas en algunas temporadas del año. El ser humano ya tenía una serie de armas que le permitían defenderse con bastantes probabilidades de éxito frente a los grandes carnívoros incluso de forma individual pero, aun así, el hombre no se encontraba a gusto fuera del grupo, era a él a quien le debía su existencia, quien le defendía y alimentaba pues todo debería ser, más o menos, en común si bien es posible que el jefe fuese quien se llevase la mejor parte como suele suceder entre algunos carnívoros.

Y ya el jefe, a medida que las técnicas cinegéticas se fueron perfeccionando, no tenía por qué ser el más fuerte. Quizás aún, para elegirle, deberían luchar los machos entre sí y el vencedor quedaría como jefe pero éste debía mostrar ahora más inteligencia pues cazar animales más rápidos que el hombre y, en ocasiones, más fuertes requería más destreza que fuerza y, a partir de este momento, comenzó a valorarse la experiencia, ya los jefes no deberían temer servir de alimento a sus subordinados -si bien es posible que entonces naciera el rito de comer sus cerebros, rito que parece atestiguado por el ensanchamiento artificial del foramen magnun, el lugar por el cual el cráneo se une al cuello- y las institución comenzó a tener forma.

Primero fue una necesidad meramente defensiva, ahora lo era ofensiva.

En algún momento, sin que quizá nunca se llegue a conocer el por qué, a pesar de las muchas teorías avanzadas al efecto, la institución comenzó a hacerse hereditaria. Puede que, en un principio, se prefiriera como jefe a alguien emparentado más o menos directamente con el anterior aunque es seguro que habría disputas entre los diversos aspirantes como la ha habido hasta tiempos tan recientes que en España la última guerra carlista, o que, al menos, sus representantes se batieron todos juntos en el mismo bando contra los „otros“, terminó en 1939.

Más adelante, cuando muriera un jefe que hubiera dejado grato recuerdo, se podría llegar fácilmente a la conclusión que sus propios hijos eran las personas más adecuadas para sucederle y, evidentemente, en una hipotética lucha entre ellos era el mayor quien tenía mayores posibilidades de vencer -la eterna lucha entre Caín y Abel aunque de vez en cuando, podía aparecer un Jacob que triunfase sobre Esaú, es decir, la inteligencia sobre la fuerza bruta- y, en base a ello, se estableció con el tiempo el derecho de primogenitura si bien ya estamos en una época relativamente reciente y las diversas culturas han tenido sus propios métodos de elección del jefe, en teoría, más adecuado si bien éste siempre ha tendido a ser quien eligiera a su sucesor quizá para evitarse el ser comido en vida. De lo que no cabe duda es de que el hecho de creer que la capacidad para ser un buen jefe residía en la propia carne del mismo, bien pudo influir en el hecho de que, al ser conscientes los hombres de quiénes eran los hijos que traían al mundo sus mujeres, creyeran que éstos también podían tener en sus genes –claro que entonces no se sabía nada de genética y, en tiempos posteriores, se le dio el nombre de sangre azul para distinguirlos del resto de los mortales pero, según se ha podido comprobar empíricamente, su sangre era tan roja como la del resto de los humanos- la misma capacidad de sus padres.

Formas de dominación (I) Generalidades

DESDE los tiempos más remotos, las oligarquías han inventado las más peregrinas teorías para justificar su pretendida superioridad sobre el común de los mortales. Esta serie de artículos trata de explicar las doctrinas en las cuales se han basado para su intento de dominación y cómo las han llevado a la práctica sin parar mientes en las múltiples contradicciones que ello ha conllevado.

Claro que todos nos preguntamos qué es lo que buscan esas elites a la hora de buscar ese predominio sobre el resto de sus congéneres porque es evidente que en ello hay un propósito: Hay quien ha propuesto que tal objetivo era la búsqueda de riquezas, así la economía sería el principal motor de la historia con lo cual ésta se convertiría en algo muy simplista. Otros autores hablan del ansia de poder, que en realidad a las elites no les interesan las riquezas como tales y que éstas serían un medio para un fin, de esta forma, por ejemplo, las ricas vestiduras que llevan los reyes de épocas pasadas no era para demostrar que tenían un gran tesoro sino para que sus súbditos supieran quiénes eran quienes mandaban, así la ropa no sería sino un simple elemento de estatus, de ahí que en tantas épocas –al menos hasta el siglo XVIII inclusive- se promulgaran tantas leyes contra el lujo, es decir, leyes que impedían a quienes no pertenecían a la nobleza tener determinados atuendos e, incluso entre ellos, dependiendo de su rango en la escala jerárquica, tendrían prohibidos determinadas indumentarias, claro que eso sucedió cuando algunas capas de la sociedad no nobles empezaron a enriquecerse por otros medios que no fuera la tierra, fuente principal de riquezas de la aristocracia hasta los tiempos recientes… Si algunos no nobles o nobles de inferior grado podían vestir igual o mejor que los “grandes”, “pares” o el nombre que tuvieran en otros países, se les iba a confundir por las calles y, al contemplar a muchos así vestidos, el hecho de ser aristócrata iba a verse minusvalorado y serían tratados por un igual tanto los aristócratas como los simples burgueses y, sobre todo, éstos podían arrebatarles el poder, de ahí, de ese ansia por mantenerlo o coparlo que han tenido todos los grupos sociales económicamente más favorecidos por el favor real o republicano, que parezca que el poder es el objetivo final de tales personas. No obstante, desde mi punto de vista así como del de otros autores de la talla de Freud, D. Morris o M. Harris[1] existe otro objetivo mucho menos evidente en la sociedad actual e incluso en las anteriores casi quizás hasta la época prehistórica pero no por eso menos exacto como es el acceso al sexo. En realidad la mujer es el botín de guerra que se ha “aprovechado” en todas las épocas. Los hombres e incluso los niños podían ser asesinados o, utilizando un lenguaje políticamente correcto, sacrificados a los dioses pero no las mujeres, éstas o, al menos, la mayoría especialmente las jóvenes en edad de procrear pasaban a los harenes de los vencedores. Y es que en los distintos sistemas de dominación, casi siempre el hombre dominante tiene un más amplio acceso a las mujeres. Hoy aún escuchamos horrorizados cómo en las distintas guerras, las mujeres son sistemáticamente violadas por los vencedores de tal o cual batalla y no solamente sucede eso en los conflictos del denominado Tercer Mundo entre países de tales lugares sino que también las tropas de los ejércitos “civilizados” toman parte en estas orgías contra los derechos humanos quizás en menor medida que aquéllas pero no por ello son menos espeluznantes.

Pero no sólo en la guerra los hombres de más poder político o económico –aspectos éstos que no siempre van unidos en la actualidad aunque… ya lo comprobaremos en su momento al menos en cuanto se refiere al poder económico demasiado entrometido en el político- o incluso cultural –sin necesidad de hablar de las grandes estrellas de la canción o del cine- tienen acceso a más mujeres que el común de los mortales sino que esto también sucede en la paz como tenemos ocasión de comprobar día tras día en una actitud asumida no sólo por los hombres sino también por las mujeres. Y es que lo que en realidad le interesa al varón dominante es esparcir sus semen a los cuatro vientos, tener el mayor número de vástagos posibles aun cuando luego no los reconozcan como era tan habitual entre los reyes y nobles de tiempos pasados quizá porque no estuvieran del todo seguros de que fueran suyos que, cuando sí, algunos de ellos sí lo fueron y llegaron a ocupar puestos importantes tanto en la milicia (Juan de Austria) como en la política (Juan José de Austria más conocido como el cardenal-infante) o en la religión (el ya citado Juan José o el hijo de Fernando el Católico que terminó siendo arzobispo de Zaragoza). Se me dirá que también las mujeres de cierto nivel social tienen sus hombres pero hay que tener en cuenta que éstas, desde un punto de vista biológico, no tienen la misma necesidad de expandir sus genes a los cuatro vientos, ellas sólo pueden tener un embarazo de cada vez y, por ello, en ellas la pulsión hacia el sexo –independientemente de los cambios que en esta materia se han dado últimamente y que más coinciden con los hábitos de los machos asimilados por las hembras- no tiene la misma perentoriedad que en el hombre, en realidad, cuando buscan un segundo o tercer o… hombre, lo que buscan es amor o un sexo más placentero o, incluso, simplemente diversificar. El hombre, no. De ahí que todas las sociedades guerreras hayan sido tan “celosas” con respecto a sus mujeres si exceptuamos a los espartanos, demasiado liberales para su tiempo en este tema pero es que en esta sociedad lo que primaba no era que el hombre tuviera más hijos sino la polis más guerreros… Aquí el papel del ser individual lo tomaba la colectividad.

Si miramos a lo largo de la historia, las comunidades más pacíficas –o menos militaristas- son aquéllas en las cuales las mujeres tienen más libertades o, en todo caso, están menos encadenadas y así lo vemos en el viejo Egipto donde incluso una mujer llegó a gobernar aunque, eso sí, vestida como un hombre y siendo faraón, no “faraona”. También en el mundo occidental comprobamos, desde los viejos tiempos feudales, cómo, a medida que la sociedad –que no los gobiernos- ha ido repudiando la guerra, las mujeres han alcanzado unas cotas de libertad que hubieran sido inimaginables incluso para quienes habitaban esta parte del mundo hace poco más de medio siglo.

Naturalmente esta serie no va a tratar de cómo los hombres se dedicaban a conseguir más mujeres para expandir sus genes a diestro y siniestro, estas líneas lo único que quieren exponer es cuál es el objetivo último de tantos dominios que, a lo largo de la historia, han adquirido tantas máscaras intentando sublimar lo que, a la postre, no son sino las simples peleas entre los simios por tener el mayor número de hembras posibles e impidiendo, en la mayoría de los casos, el acceso a las mismas del resto de sus congéneres. Esto hoy día no se puede conseguir[2] pero, a la postre, es lo que intentan. El ansia de poder no es sino el ansia de tener muchas mujeres disponibles y no el ansia de riquezas que, en la medida que cumple el mismo objetivo, puede llegar a ser equivalente lo mismo que la notoriedad en cualquier campo. Por eso la historia de las formas de dominación es una historia fundamentalmente de hombres así como de aquellas escasas mujeres que adoptaron la misma ideología sin saber realmente para qué querían el poder, la riqueza o la notoriedad pues ellas no necesitan de estos aspectos para tener un número de hombres suficientes para sus apetencias sexuales… es posible que ellas sí busquen el poder, la riqueza o la notoriedad por sí mismos.

[1] V. FREUD: El malestar en la cultura, pp. 65-66, MORRIS: El mono desnudo, p. 114 y HARRIS: Vacas, cerdos, guerras y brujas (Los enigmas de la cultura), pp. 100 y ss.

[2] La parte fundamental de esta serie la escribí hace ya varios años. Hoy día no estaría yo tan seguro de una afirmación tan categórica.