¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Luis de Guindos

Como escribía en otro post, nos están quitando cualquier posibilidad de sobrevivir con un mínimo de dignidad. Hay incluso ministros que se niegan a que suban los salarios porque ello haría que se perdiera competitividad y eso en un país donde la competitividad está en el turismo… supongo que querrán que los camareros sigan teniendo salarios de mierda para que se pueda mantener el número de turistas que entran en nuestro país como si eso fuera a suponer que vinieran más turistas o, al menos, que éstos dejaran más dinero en sus visitas cuando de todos es conocido que una gran parte del nuevo turismo se debe a los problemas políticos y económicos del norte de África donde iba una buena parte de esos nuevos turistas.

Además, en España el número de millonarios no deja de crecer y eso parece que a los ministros como Guindos no les importa en absoluto a la vez que desciende dramáticamente la parte de los salarios en la renta nacional porque será cierto que el número de desempleados ha descendido pero ¿a costa de qué? Incluso un periódico que ha cambiado drásticamente su línea editorial como El País, editorializó hace un mes:

“El hundimiento de la participación de los salarios en la renta nacional tiene que corregirse, so pena que empiecen a aparecer burbujas de inestabilidad social y aumente el grado de pauperización”

Claro que el grado de pauperización no ha dejado de aumentar en los últimos diez años como ponen de manifiesto una y otra vez organizaciones de todo tipo tanto nacionales como internacionales así como está aumentando la división entre las clases más pudientes y las menos, el famoso índice GINI nos coloca en el segundo país más desigual de la Unión Europea tan sólo por detrás de Rumanía. Es decir, los beneficios empresariales no reinvertidos pueden aumentar de forma exponencial pero no así con los salarios, el reparto de ingentes beneficios no perjudica la competitividad de las empresas pero sí el subir ligeramente la participación de los salarios en la renta lo cual, todo hay que decirlo, a la postre irá en contra de los intereses empresariales por cuanto la inmensa mayor parte de lo que se produce en España se consume en nuestro país y si la mayor parte de los habitantes no tiene una cantidad de dinero suficiente para más que sobrevivir, será escaso el que puedan gastar por lo cual, antes o después, muchas empresas deberán cerrar provocando más paro, menos ingresos y menos dinero en circulación lo cual traerá el cierre de más empresas y… el pez que se muerde la cola.

 

Mujer Cromagnon

Lo que me vengo preguntando desde que apareció la actual crisis-estafa es cómo es posible que hayamos llegado hasta este punto precisamente cuando parecía que estábamos empezando a salir del largo túnel en el cual nos había introducido el franquismo pero, a medida que estudiaba una época, me daba cuenta que había causas más antiguas y, de esa forma, no he dejado de retroceder hasta prácticamente la Prehistoria cuando, probablemente después del Neolítico, comenzaron a establecerse diferencias entre distintos grupos humanos. Puede que antes también las hubiera pero nuestros conocimientos de aquellos tiempos son insuficientes como para establecer ninguna conclusión seria, comparar, como han hecho muchos autores, aquellos tiempos con las sociedades de cazadores-recolectores que han persistido hasta la actualidad tiene serios problemas. El primero son los varios milenios transcurridos desde entonces, milenios que no han sido inútiles para esos grupos. El segundo, es la diferencia que existe entre unos y otros grupos: así como los hay que se les cree bastante pacíficos y sin apenas jerarquías sociales como los ¡kung (más conocidos como bosquimanos), los hay sumamente jerarquizados y violentos como los yanomani en el Amazonas; y, tercero, por no seguir acumulando las posibles diferencias entre los paleolíticos y los actuales cazadores-recolectores, todos ellos han tenido algún tipo de contacto con otras civilizaciones más desarrolladas tecnológicamente aunque si tomamos los dos ejemplos antes citados como válidos a escala universal, veremos que, a mayor jerarquización, mayor violencia, un aspecto que sí puede extraerse a lo largo de la historia aunque siempre pueden hallarse algunas excepciones a la regla por cuanto la historia no es determinista, existen tendencias más o menos claras pero sólo son eso, tendencias, así el Imperio Británico dominado por un sistema cuasi democrático, se expandió por todo el mundo utilizando la violencia claro que tampoco era una sociedad no jerarquizada como no lo es la estadounidense y ésta más en los últimos decenios. La existencia de elecciones para elegir a los grupos dominantes no implica ausencia de jerarquización.

Lo que quiero explicar a partir de hoy es cómo la sociedad actual ha llegado al extremo que ha llegado donde, por ejemplo, produciéndose alimentos para doce mil millones de personas o más, hay cerca de un millar de millones que pasan hambre y sed de forma permanente y otros dos o tres millares de millones están dentro de lo que se denomina pobreza relativa, es decir, dependiendo de los países, con el peligro de pasar hambre o pasándola en determinadas épocas o bien de no tener acceso a los considerados bienes básicos en la sociedad occidental.

Sé que no es una tarea sencilla la que me propongo pero creo que es necesaria por cuanto, desde mis conocimientos historiográficos, nadie ha emprendido tal tarea. Una cosa es estudiar la historia universal o alguna parte de ella y otra muy distinta explicar por qué nacieron y se mantuvieron las diferencias entre unos grupos y otros a lo largo de, al menos, seis milenios.

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“El poder usa las fronteras para limitar el acceso de los pobres a salarios más altos” Entrevista de ÁLVARO GUZMÁN BASTIDA a REECE JONES

¿Por qué se han convertido en cementerios las fronteras del mundo? Tan incómoda pregunta rondaba la mente del geógrafo Reece Jones (Virginia, 1976) cuando escribía su penúltimo libro. Tras quince años estudiando el fenómeno migratorio, Jones terminaba un trabajo sobre tres fronteras concretas –las que separan EE.UU. de México, Israel de Palestina e India de Bangladesh– cuando se percató de que las muertes en esos y otros puntos fronterizos no paraban de aumentar. Decidió investigar por qué. El resultado, Violent Borders,es una demoledora radiografía de la violencia en las fronteras de todo el mundo. A través de un minucioso análisis histórico, jurídico, sociológico y económico, trufado de historias personales de los migrantes que tratan de cruzar esas fronteras, Jones dibuja un siniestro panorama en el que las políticas diseñadas para limitar la migración fracasan en ese propósito, y en cambio desvían los flujos migratorios hacia rutas más violentas, llenando las fronteras marítimas y terrestres de cadáveres. Jones, profesor de  geografía en la Universidad de Hawaii, atiende por Skype a CTXT para detallar las causas y consecuencias de la violencia fronteriza y exponer su propuesta para solucionarla: abrir las fronteras a las personas y ponerle coto al capital.

Dedica gran parte del libro a examinar las causas y efectos de la migración a nivel global. ¿Qué ha descubierto acerca de los motivos que llevan la gente a emigrar? 

Varían mucho según el lugar de origen y las circunstancias. Por un lado, existe un gran grupo de sirios y eritreos que cruzan a Europa huyendo de la violencia o la represión estatal. Por otro, hay otra mucha gente que emigra por motivos económicos, al escasear el trabajo y las oportunidades en los lugares donde viven y existir estos en otros países. Por ejemplo, los sirios han sido mayoría entre quienes viajaban a Europa en los últimos años, pero hasta el momento en 2017 el país de donde más gente cruza el Mediterráneo es Bangladesh, donde no hay una guerra sino necesidad económica, y gente que toma la decisión de salir en busca de oportunidades.

Uno de los asuntos centrales de su trabajo es la erosión del derecho a la libre circulación de las personas. ¿Cómo se ha limitado ese derecho?

Existe una larga historia de Estados y gente en posiciones de poder que usan las restricciones a la libre circulación de las personas para limitar el acceso de los pobres a salarios  más altos. En el libro, trazo una conexión entre el sistema actual y la esclavitud, la servidumbre, el feudalismo y las leyes de pobres, vagos y maleantes. Todos eran mecanismos para limitar la capacidad de los pobres de desplazarse para buscar salarios  más altos y para obligarles a seguir viviendo en una zona concreta, y así acceder a su mano de obra y explotarla para lucrarse. Hoy en día vemos un proceso similar a mayor escala. Lo que antes sucedía dentro de cada país ahora sucede entre países, de modo que los pobres hoy están ‘contenidos’ por fronteras, pasaportes o el concepto de ciudadanía, produciendo una relación muy parecida a la de antaño. Desde hace cien años se está erosionando el derecho a la libre circulación. En EE.UU., por ejemplo, no hubo  ninguna restricción sobre quién podía entrar en el país hasta la década de 1880, con la Ley de Exclusión China. Hasta 1924, el país no tuvo un sistema universal que regulase  quién podía entrar en él o convertirse en ciudadano, y muchos de los pobres de Europa pudieron hacerlo a finales del XIX.

Dedica el primer capítulo del libro a la que llama “la frontera más mortífera del mundo”, en referencia a la que rodea a la UE. ¿Cómo pasó Europa de desmantelar las fronteras nacionales hace un par de décadas a convertirse en una fortaleza, y por qué es la frontera más letal del planeta?

En cierto modo, la narrativa de que la UE ha eliminado las fronteras es falsa. Más bien las movió de sitio. Aunque es cierto que la UE eliminó las divisiones entre sus países miembros, nunca deshizo las fronteras externas. Todo lo contrario. En los últimos veinte años, mientras aumentaba el número de migrantes, la UE ha dedicado gran empeño a restringir el movimiento, en especial en el Mediterráneo. España, por ejemplo, permitió el libre movimiento desde el Norte de África hasta que se unió al Tratado Schengen, en los noventa. Francia permitía sin restricciones reales la inmigración de África durante los ochenta. Tanto en la frontera Sur de EE.UU. como en las de la UE, se observa una tendencia clara: mientras se levantan muros, se endurecen los controles migratorios, se destinan más agentes a patrullar los espacios fronterizos, no se consigue el objetivo de frenar la inmigración, pero sí que se disparen las muertes. En 2017, mueren dos personas de cada cien que intenta cruzar el Mediterráneo. Esa cifra era de 0,3 en 2015. Hay muchísimos más barcos patrullando, y se han construido muros, por ejemplo en los Balcanes, cerrando una ruta de acceso relativamente fácil a la UE. Todo este endurecimiento empuja a la gente hacia rutas  realmente peligrosas y hace que muera mucha más gente en los viajes.

Al describir la frontera entre México y EE.UU., relata una sorprendente historia: dicha frontera no se marcó con piedras hasta 1890, y no se empezó a patrullar hasta 1924.

La Patrulla Fronteriza de EE.UU. se creó en 1924, que fue el mismo año en el que se aprobó por primera vez una ley migratoria nacional. Ambos hechos están íntimamente relacionados. Había policía patrullando las zonas limítrofes antes de eso. No cabe duda de que hubo un proyecto coordinado de ‘anglicanización’ de esos espacios, de expulsar a los nativos americanos y a lo antiguos ciudadanos mexicanos que se habían quedado en Texas. Pero la línea fronteriza en sí misma no se patrullaba. La gente podía cruzarla libremente.

Describe cómo esa misma frontera se militarizó tras el 11-S. ¿Que llevó a su  militarización y cuáles fueron las consecuencias de la misma?

Son tendencias que se remontan a finales de los noventa, pero que se aceleran tras el 11-S, cuando empiezan a llover los fondos gubernamentales. Entra una gran cantidad de dinero en la Patrulla Fronteriza y el Departamento de Seguridad Nacional, que lleva a la militarización de la frontera. Cuando hablo de militarización, me refiero a varias cosas. En primer lugar, al reciclado de tecnologías bélicas desarrolladas para Iraq o Afganistán, utilizadas ahora en la frontera. Luego está el creciente número de veteranos de esas guerras, que al dejar el ejército ingresan en la Patrulla Fronteriza. Hay una ley en el Congreso ahora mismo, impulsada por John McCain, que pretende agilizar ese proceso al facilitar la contratación de veteranos de guerra para hacer de guardas fronterizos. Luego está el cambio de mentalidad de los propios agentes. En los setenta y ochenta eran muy parecidos a la policía: buscaban a gente que infringía la ley migratoria o de tráfico de personas, a los que arrestaban y mandaban de vuelta a México. Desde el 11-S, se reimaginó la frontera como un lugar en el que detener el terrorismo, los agentes fronterizos hoy en  día piensan, y actúan, en la frontera como la primera línea de batalla contra el terrorismo. Una vez que se produce ese cambio de mentalidad, cambia la manera en la que interactúan con la gente. Tienden a pensar en las  personas como potenciales terroristas, y a recurrir a la violencia como primera opción, en lugar de respetar la presunción de inocencia.

Ha mencionado antes el papel de las fronteras para controlar el movimiento de los pobres. ¿Qué influencia tienen las diferencias de clase y el desarrollo desigual en la configuración de las políticas fronterizas?

Durante su campaña presidencial, Trump hablaba mucho sobre las fronteras, y su discurso se centraba en el impacto negativo de la globalización y la conexiones económicas transfronterizas en la clase trabajadora estadounidense. Pero esa narrativa obvia algo  fundamental: que el mismo impacto negativo se ha producido al otro lado de la balanza. Lo que ha hecho la globalización ha sido abrir las fronteras para el capital. Se han levantado las barreras para las corporaciones mediante todos los acuerdos de libre comercio que permiten que las grandes empresas operen en múltiples jurisdicciones, buscando los salarios más bajos, pero no se han abierto esas barreras para los trabajadores, que se ven contenidos en bancos de mano de obra barata. También se ha levantado las barreras regulatorias. Las grandes multinacionales acceden a diferentes regímenes regulatorios en los que no hay salario mínimo, ni protecciones medioambientales ni laborales, lo que permite que las corporaciones se queden con todos los beneficios. La globalización ha producido esa competencia a la baja, que ha perjudicado a los trabajadores de EE.UU. y Europa, pero también a los del otro extremo del mundo. Los beneficios resultantes han ido a parar a las corporaciones, lo que exacerba las desigualdades.

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