¿Por qué se sublevaron los militares en 1936?

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Cuando hablamos de quiénes fueron quienes dieron comienzo a la Guerra Civil, sólo nos queda una respuesta: quienes dieron los primeros disparos sublevándose contra el poder constituido cuando una de sus obligaciones era precisamente salvaguardar ese poder. Mucho se ha escrito al respecto, multitud de páginas emborronadas intentando justificar lo injustificables: el Ejército debe defender a la patria contra sus enemigos y, obviamente, incluso aceptando esa teoría absurda del “enemigo interior”, ese tal enemigo no podía ser en ningún caso el propio Gobierno.

Ciertamente para que una parte importante del Ejército se subleve, debe haber alguna circunstancia que lo motive si bien todas las que han esgrimido sus defensores son espurias: ni media España quería matar a la otra media como dijera, entre otros, Gil Robles y recogiera más adelante Ricardo de la Cierva[1], el “historietógrafo oficial del régimen del 18 de julio”, según le califica Alberto Reig Tapia, ni existía ningún tipo de complot comunista según intentaron justificar algunos de los sublevados mediante panfletos falsificados al estilo de Los protocolos de los sabios de Sión que tanto hicieron para justificar la Solución Final de Hitler, ni tampoco nadie en aquellos momentos de 1936 pensó que aquella guerra era una continuación de la que se habría iniciado en Asturias casi dos años antes. Sí es cierto que, durante la campaña electoral que dio la victoria a la coalición del Frente Popular, la derecha “contrarrevolucionaria”, como se llamó a sí misma,  habló de que aquello no volviera a repetirse, no que se hubiera comenzado una guerra en octubre de 1934.

Podemos entender que muchos de quienes se rebelaron se hubieran creído la propaganda sobre el supuesto complot comunista teniendo en cuenta el precedente asturiano pero también hemos de saber que la mayor parte de quienes prepararon y/o encabezaron la rebelión tenían motivos personales para estar molestos con la República por varias causas: así tendríamos que el primer rebelde, el general Sanjurjo quien debería encabezar el gobierno que saldría de la sublevación y que ya había intentado hacer lo propio en 1932, había sido el último Director General de la Guardia Civil de la Monarquía a la cual no ayudó en sus postreros momentos sino que se puso al servicio del Gobierno Provisional desde un primer momento pero, tras los sucesos de Castillblanco donde fueron asesinados cuatro guardias civiles, los compañeros de éstos:

“Casi antes de que el gobierno hubiera tenido tiempo de apaciguar las cosas de Castillblanco, los hombres de Sanjurjo se habían tomado una venganza sangrienta que había causado la muerte a dieciocho personas. Tres días después de Castillblanco la Guardia Civil mató a dos trabajadores e hirió a otros tres en Zalamea de la Serena (Badajoz). Dos días más tarde un huelguista fue muerto a tiros y otro resultó herido en Calzada de Calatrava y un huelguista fue disparado en Puertollano (ambos pueblos en Ciudad Real), a la vez que hubo dos huelguistas muertos y once heridos en Épila (Zaragoza) y dos muertos más y diez heridos en Teresa (Valencia). El 5 de enero tuvo lugar la más atroz de estas acciones cuando veintiocho guardias civiles abrieron fuego contra una manifestación pacífica en Arnedo, pequeña villa de la provincia de Logroño, en el norte de Castilla. A finales de 1931 numerosos trabajadores fueron despedidos de la fábrica local de calzado en Arnedo por pertenecer a la UGT. Durante una protesta pública, la Guardia Civil disparó y mató a un trabajador y cuatro espectadoras, una de las cuales era una mujer embarazada, de veintiséis años, cuyo hijo de dos años también resultó muerto. Las balas hirieron a otras cincuenta personas, entre ellas gran número de mujeres y niños, algunos de muy corta edad. Durante los días siguientes otras cinco personas murieron a causa de sus heridas y a muchas tuvieron que amputarles alguna extremidad, entre ellas un niño de cinco años y una viuda con seis hijos[2]“.

Por si no fuera suficiente esta actitud de la “Benemérita”, el propio Sanjurjo habría hecho unas declaraciones muy poco afortunadas:

“El general Sanjurjo se indignó al saber que por la obligación de ir a Castilblanco no podría participar en un gran acto social en Zaragoza, donde debía figurar entre los testigos de la novia en la boda de la hija del vizconde de Escoriaza. El 2 de enero, cuando Sanjurjo llegó al pueblo, ocupado por un numeroso destacamento de guardias civiles, el oficial de mando señaló a los cerca de 100 prisioneros con estas palabras: «Vea usted aquí a los criminales; ¡mire usted qué cara tienen!». A lo que Sanjurjo respondió: «¿Pero no los han matado?». Trataron a los prisioneros con inconcebible brutalidad. Los tuvieron siete días y siete noches, desnudos de cintura para arriba, a una temperatura por debajo de cero grados, y los obligaron a permanecer de pie con los brazos en alto. Si caían al suelo la emprendían con ellos a culatazos. Algunos murieron de neumonía. Al hablar con los periodistas durante el funeral de los guardias asesinados, Sanjurjo acusó de todo lo ocurrido a Margarita Nelken [diputada extremeña]. Lamentó que se le hubiera permitido ser diputada parlamentaria «siendo extranjera y judía, circunstancia ésta que le daba una particular calidad como espía». A continuación comparó a los trabajadores de Castilblanco con las tribus de moros contra las que había combatido en Marruecos, y señaló: «En un rincón de la provincia de Badajoz hay un foco rifeño». Proclamó mendazmente que, desde el desastre de Anual, ocurrido en julio de 1921, en el que 9.000 soldados perdieron la vida, «ni en Monte Arruit, en la época del derrumbamiento de la Comandancia de Melilla, los cadáveres de los cristianos fueron mutilados con un salvajismo semejante»”[3].

Obviamente, tras todo esto, fue destituido como Director General de la Guardia Civil para ser designado como Director General de Carabineros, un puesto bastante inferior. A partir de ese momento, comenzaría a conspirar contra la República no dejando de hacerlo tras el indulto promulgado por uno de los gobiernos de Lerroux, hasta el día de su muerte producido, según su piloto, porque se empeñó en llevar una maleta con todas sus medallas lo cual impediría que el pequeño avión tomara altura con la suficiente prontitud para evitar los árboles.

A Queipo de Llano le sucedió algo parecido aunque éste, al parecer, había sido prorrepublicano hasta el mismo 1936 aunque lo de conspirador le venía en el ADN ya que hizo lo propio contra la Dictadura sin, al parecer, graves consecuencias. También fue nombrado Director General de la Guardia Civil pero, primero, su consuegro, Alcalá Zamora, fue destituido como presidente de la República y, poco después, él también vio cómo era relegado de su puesto al frente de la Guardia Civil para ponerle al frente los Carabineros. Él también utilizó este argumento para unirse a los conspiradores que nunca se fiaron mucho de él a pesar de su papel destacado en la represión en Andalucía y provincias colindantes que quedaron pronto bajo su férula.

La reforma militar de Azaña así como, sobre todo, la revisión de los ascensos logrados en Marruecos, también hicieron varios conspiradores: así, Mola vería rebajado su categoría de general de división a general de brigada mientras el propio Franco, aunque no perdiera esa categoría, veía cómo era relegado a los últimos puestos del escalafón pero es que éste, luego de haber tocado el más alto cargo que entonces podía tener un militar como tal, Jefe del Estado Mayor, era enviado a Canarias como Comadante General que no es que fuera un cargo de poca categoría pero sí de escasa relevancia y, sobre todo, alejado de la Península.

Otros varios altos cargos vieron cómo sus carreras se veían retrasadas debido a las revisiones de los ascensos de los africanistas pero no vamos a decir que éste fuera el motivo principal de la sublevación aunque sí lo fuera el de sus cabecillas. Las causas de la rebelión militar fueran muchas y muy diferentes pero sobre estos temas ya hablaremos otro día.

[1] DE LA CIERVA, Ricardo: Historia básica de la España actual, 374-375

[2] PRESTON, Paul: La Guerra Civil española, p. 68

[3] PRESTON, Paul: El holocausto español, p. 38

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