Formas de dominación (I) Generalidades

DESDE los tiempos más remotos, las oligarquías han inventado las más peregrinas teorías para justificar su pretendida superioridad sobre el común de los mortales. Esta serie de artículos trata de explicar las doctrinas en las cuales se han basado para su intento de dominación y cómo las han llevado a la práctica sin parar mientes en las múltiples contradicciones que ello ha conllevado.

Claro que todos nos preguntamos qué es lo que buscan esas elites a la hora de buscar ese predominio sobre el resto de sus congéneres porque es evidente que en ello hay un propósito: Hay quien ha propuesto que tal objetivo era la búsqueda de riquezas, así la economía sería el principal motor de la historia con lo cual ésta se convertiría en algo muy simplista. Otros autores hablan del ansia de poder, que en realidad a las elites no les interesan las riquezas como tales y que éstas serían un medio para un fin, de esta forma, por ejemplo, las ricas vestiduras que llevan los reyes de épocas pasadas no era para demostrar que tenían un gran tesoro sino para que sus súbditos supieran quiénes eran quienes mandaban, así la ropa no sería sino un simple elemento de estatus, de ahí que en tantas épocas –al menos hasta el siglo XVIII inclusive- se promulgaran tantas leyes contra el lujo, es decir, leyes que impedían a quienes no pertenecían a la nobleza tener determinados atuendos e, incluso entre ellos, dependiendo de su rango en la escala jerárquica, tendrían prohibidos determinadas indumentarias, claro que eso sucedió cuando algunas capas de la sociedad no nobles empezaron a enriquecerse por otros medios que no fuera la tierra, fuente principal de riquezas de la aristocracia hasta los tiempos recientes… Si algunos no nobles o nobles de inferior grado podían vestir igual o mejor que los “grandes”, “pares” o el nombre que tuvieran en otros países, se les iba a confundir por las calles y, al contemplar a muchos así vestidos, el hecho de ser aristócrata iba a verse minusvalorado y serían tratados por un igual tanto los aristócratas como los simples burgueses y, sobre todo, éstos podían arrebatarles el poder, de ahí, de ese ansia por mantenerlo o coparlo que han tenido todos los grupos sociales económicamente más favorecidos por el favor real o republicano, que parezca que el poder es el objetivo final de tales personas. No obstante, desde mi punto de vista así como del de otros autores de la talla de Freud, D. Morris o M. Harris[1] existe otro objetivo mucho menos evidente en la sociedad actual e incluso en las anteriores casi quizás hasta la época prehistórica pero no por eso menos exacto como es el acceso al sexo. En realidad la mujer es el botín de guerra que se ha “aprovechado” en todas las épocas. Los hombres e incluso los niños podían ser asesinados o, utilizando un lenguaje políticamente correcto, sacrificados a los dioses pero no las mujeres, éstas o, al menos, la mayoría especialmente las jóvenes en edad de procrear pasaban a los harenes de los vencedores. Y es que en los distintos sistemas de dominación, casi siempre el hombre dominante tiene un más amplio acceso a las mujeres. Hoy aún escuchamos horrorizados cómo en las distintas guerras, las mujeres son sistemáticamente violadas por los vencedores de tal o cual batalla y no solamente sucede eso en los conflictos del denominado Tercer Mundo entre países de tales lugares sino que también las tropas de los ejércitos “civilizados” toman parte en estas orgías contra los derechos humanos quizás en menor medida que aquéllas pero no por ello son menos espeluznantes.

Pero no sólo en la guerra los hombres de más poder político o económico –aspectos éstos que no siempre van unidos en la actualidad aunque… ya lo comprobaremos en su momento al menos en cuanto se refiere al poder económico demasiado entrometido en el político- o incluso cultural –sin necesidad de hablar de las grandes estrellas de la canción o del cine- tienen acceso a más mujeres que el común de los mortales sino que esto también sucede en la paz como tenemos ocasión de comprobar día tras día en una actitud asumida no sólo por los hombres sino también por las mujeres. Y es que lo que en realidad le interesa al varón dominante es esparcir sus semen a los cuatro vientos, tener el mayor número de vástagos posibles aun cuando luego no los reconozcan como era tan habitual entre los reyes y nobles de tiempos pasados quizá porque no estuvieran del todo seguros de que fueran suyos que, cuando sí, algunos de ellos sí lo fueron y llegaron a ocupar puestos importantes tanto en la milicia (Juan de Austria) como en la política (Juan José de Austria más conocido como el cardenal-infante) o en la religión (el ya citado Juan José o el hijo de Fernando el Católico que terminó siendo arzobispo de Zaragoza). Se me dirá que también las mujeres de cierto nivel social tienen sus hombres pero hay que tener en cuenta que éstas, desde un punto de vista biológico, no tienen la misma necesidad de expandir sus genes a los cuatro vientos, ellas sólo pueden tener un embarazo de cada vez y, por ello, en ellas la pulsión hacia el sexo –independientemente de los cambios que en esta materia se han dado últimamente y que más coinciden con los hábitos de los machos asimilados por las hembras- no tiene la misma perentoriedad que en el hombre, en realidad, cuando buscan un segundo o tercer o… hombre, lo que buscan es amor o un sexo más placentero o, incluso, simplemente diversificar. El hombre, no. De ahí que todas las sociedades guerreras hayan sido tan “celosas” con respecto a sus mujeres si exceptuamos a los espartanos, demasiado liberales para su tiempo en este tema pero es que en esta sociedad lo que primaba no era que el hombre tuviera más hijos sino la polis más guerreros… Aquí el papel del ser individual lo tomaba la colectividad.

Si miramos a lo largo de la historia, las comunidades más pacíficas –o menos militaristas- son aquéllas en las cuales las mujeres tienen más libertades o, en todo caso, están menos encadenadas y así lo vemos en el viejo Egipto donde incluso una mujer llegó a gobernar aunque, eso sí, vestida como un hombre y siendo faraón, no “faraona”. También en el mundo occidental comprobamos, desde los viejos tiempos feudales, cómo, a medida que la sociedad –que no los gobiernos- ha ido repudiando la guerra, las mujeres han alcanzado unas cotas de libertad que hubieran sido inimaginables incluso para quienes habitaban esta parte del mundo hace poco más de medio siglo.

Naturalmente esta serie no va a tratar de cómo los hombres se dedicaban a conseguir más mujeres para expandir sus genes a diestro y siniestro, estas líneas lo único que quieren exponer es cuál es el objetivo último de tantos dominios que, a lo largo de la historia, han adquirido tantas máscaras intentando sublimar lo que, a la postre, no son sino las simples peleas entre los simios por tener el mayor número de hembras posibles e impidiendo, en la mayoría de los casos, el acceso a las mismas del resto de sus congéneres. Esto hoy día no se puede conseguir[2] pero, a la postre, es lo que intentan. El ansia de poder no es sino el ansia de tener muchas mujeres disponibles y no el ansia de riquezas que, en la medida que cumple el mismo objetivo, puede llegar a ser equivalente lo mismo que la notoriedad en cualquier campo. Por eso la historia de las formas de dominación es una historia fundamentalmente de hombres así como de aquellas escasas mujeres que adoptaron la misma ideología sin saber realmente para qué querían el poder, la riqueza o la notoriedad pues ellas no necesitan de estos aspectos para tener un número de hombres suficientes para sus apetencias sexuales… es posible que ellas sí busquen el poder, la riqueza o la notoriedad por sí mismos.

[1] V. FREUD: El malestar en la cultura, pp. 65-66, MORRIS: El mono desnudo, p. 114 y HARRIS: Vacas, cerdos, guerras y brujas (Los enigmas de la cultura), pp. 100 y ss.

[2] La parte fundamental de esta serie la escribí hace ya varios años. Hoy día no estaría yo tan seguro de una afirmación tan categórica.

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