El mito de las dos (o las tres) Españas

Son muchos los autores que se han preguntado por los orígenes de la Guerra Civil pero, a la postre, todos terminaron por indicar que tuvo su origen durante la Segunda República hasta el punto que muchos de ellos ven este quinquenio simplemente como un prólogo para la misma cuando, bien mirado, si hubo una guerra civil se debió fundamentalmente a que una docena de generales seguidos por unos cuantos coroneles se sublevaron acompañados por una parte importante del resto de sus jefes y una proporción relativamente alta de la oficialidad y de la suboficialidad. Como bien dijera Tusell[1], en los primeros días de julio de 1936 no había más que una España, cierto que muchos españoles no estaban de acuerdo con el resultado de las anteriores elecciones y, como apunta el mismo Tusell, ni tan siquiera eran partidarios de aquellas consultas populares pero ese cuento de las dos Españas del ‘36 no pasa de ser eso, un cuento que, además, está motivado por una mala interpretación de unos versos de Machado porque cuando él habla de las dos Españas se refiriendo a “una España que muere y otra que bosteza” (cito de memoria), para él hay una tercera que está naciendo representada en ese “españolito que vienes al mundo”; pero es que tampoco existían tres Españas, eso no es más que una figura poética. Primero, porque, se mire como se mire un mapa, no hay más que una España y, segundo, porque si se refiere a las diversas ideologías que entonces había y sus distintas formas de enfocar el tema de España –curioso que luego de tantos siglos aún sigamos preguntándonos por la esencia de España y más ahora con el proceso de intento secesionista por parte de Cataluña-, no había, desde luego una izquierda y una derecha por cuanto desde los anarquistas hasta los falangistas y carlistas había un muy amplio abanico de opciones. Más cuarenta partidos llegaron a estar representados en las Cortes y aunque algunos no se diferenciaban de otros más que en las siglas, había comunistas, socialistas, republicanos de izquierda, centro y derecha, nacionalistas también de las tres tendencias, antirrepublicanos que iban desde el centro-derecha hasta la extrema derecha y eso sólo refiriéndome a quienes tenían representación en el hemiciclo por cuanto anarquistas y falangistas, por hablar de los dos extremos, nunca tuvieron representación parlamentaria como tales a pesar que Primo de Rivera obtuviera un acta en las elecciones de 1933, pero se presentó en una lista monárquica y Ángel Pestaña, con su acta por el Frente Popular, no representaba a ningún grupo anarquista contrarios, por esencia, a tal tipo de juegos.

No, las dos Españas sólo existieron durante la guerra y no porque hubiera dos bandos homogéneos, que no los hubo a pesar de la mano de hierro de Franco hiciera sospechar que había una gran unidad entre los suyos… bueno, sí, la hubo en el hecho de que todos estaban de acuerdo en derribar al sistema republicano y no por el sistema en sí sino por cuanto representaba de avance social para la gran mayoría de los españoles a la vez que fueron muy escasos los perjudicados por ella pero, aparte este anti, había multitud de lo que hoy denominaríamos sensibilidades. En cuanto a la zona gubernamental, conocidos son de todos los problemas que nacieron debido a las suspicacias de unos y de otros aunque, a la postre, todo quedó en un enfrentamiento de anticomunistas y pro-comunistas… pero esto también es un mito a pesar que con Casado, el coronel golpista, hubo socialistas y anarquistas como Besteiro y Mera pero los problemas fueron mucho más profundos.

Naturalmente que ese mito de las dos Españas ha favorecido a la derecha especialmente a la autoritaria -¿es que hay derecha que no sea, en mayor o menor medida, autoritaria?- por cuanto se ha extendido la versión del cainismo de los españoles, una versión poco acorde con la realidad especialmente si comparamos la historia de España con la de casi cualquier otra nación, las guerras civiles, las revoluciones y todo tipo de revueltas han estado a la orden del día aunque otras naciones han tendido a promover una visión de su historia mucho más amable, así los británicos, cuando hablan de “su” revolución, no se refieren a la que tuvo lugar en la época de Cromwell con el consiguiente decapitación de Carlos I sino a la de 1681, posterior y mucho menos sangrienta contraponiéndola así a las revoluciones francesa y rusa especialmente –suelen olvidarse de la estadounidense quizá porque de ella tuvieron que salir por piernas o por esa sensación que parecen tener de hermandad con el otro lado del Atlántico- entre otras pero la historia tanto inglesa como británica está llena de guerras de todo tipo y lo mismo cabe decir d prácticamente cualquier otra.

Sin embargo, la diferencia de España es que ésta ha sido, que yo sepa, la única entre las grandes naciones del Oeste europeo –allí donde mis conocimientos son mayores- que se ha creído su propia leyenda negra como podemos comprobar en una gran parte de los historiadores, creencia que ha sido, además, propalada por hispanistas a quienes se les ha atribuido una objetividad de la cual carecía o carecen en muchas ocasiones. Y, en cuanto al siglo XX, sobre todo a su primer tercio, creo que la obra de Gerald Brenan, El laberinto español, pasa por ser la más nefasta en esta materia precisamente por el aura de santón que siempre ha caracterizado la leyenda de don Geraldo según le llamaban en La Alpujarra granadina.

Naturalmente no voy a decir que los españoles hayamos sido mejores que nuestros vecinos europeos, pero tampoco peores sin embargo la existencia de esa leyenda y su aceptación por parte de los españoles ha hecho que la derecha involucionista de hoy y de siempre, haya utilizado tales argumentos diciendo como, por ejemplo, hizo el propio Franco que la democracia estaba bien para Francia, Gran Bretaña, etc.  pero que los españoles necesitábamos de mano dura para no desmandarnos como si ellos –que, por cierto, no dejan de ser españoles que, a su vez, deben necesitar mano dura… ¿o ellos, no?- supieran qué es lo que más nos interesa a los españoles y qué no. A la postre es la misma postura del ministro Morenés cuando amenaza a los catalanes con utilizar el ejército si no votan lo que a él y sus jefes más le apetezca.

[1] TUSELL, Javier: “Las fuerzas políticas nacionales” en VV. AA.: La Guerra de España (1931-1939) Círculo de Lectores/EL país (Madrid, 1986), p. 106

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