Formas de dominación (II) La dominación política (I)

La dominación política de unos hombres sobre otros es el tipo de subyugación más antigua que se presupone, también la más natural y, por tanto, la más antihumana por cuanto no es creación del hombre como tal sino de sus ancestros simiescos.

Si por algo ha destacado el ser humano ha sido por intentar desligarse de todas las ataduras con sus ancestros no-racionales sin embargo, a pesar de una lucha titánica mantenida a través de muchos milenios para liberarse de la tutela de los gerifaltes de turno, nos encontramos en la actualidad con que el poder del Estado, la nueva forma de dominación, va creciendo día a día a pesar de lo que nos quieren hacer creer en la actualidad los detentadores del nuevo liberalismo. El control del Estado sobre cada uno de nosotros es mucho más estrecho que hace unos pocos decenios incluso en plena dictadura franquista. El Estado nos controla, sigue nuestros pasos minuto a minuto a través de las más variadas tecnologías y la gran pesadilla de Orwell parece que está a punto de ser realidad, quizá se equivocara en algunos decenios pero eso, ¿qué importa? Lo más curioso del asunto es que tal cumplimiento está sucediendo en una época en la cual han desaparecido los regímenes estalinistas de Europa -quizá porque  ya no sea necesaria una opresión tan burda como los viejos gulags- y son precisamente los llamados democráticos los que están llevando a cabo este proceso aunque es probable que Orwell no considerara democráticos a este tipo de regímenes como hago yo mismo e intentaré demostrar más adelante.

Quizás el mayor problema que nos encontremos quienes sí queremos vivir en un sistema democrático -ya se sabe aquello de todo para el pueblo, por el pueblo y con el pueblo o ese otro mucho más radical: Libertad, Igualdad y Fraternidad- es que al simple ciudadano no le importa gran cosa el recorte de sus libertades en aras de eso que viene denominándose “seguridad” pero… ¿qué tipo de seguridad puede ofrecernos un Estado que se debate constantemente entre la bancarrota y la dictadura? ¿Lo vamos a vender todo en aras a una paz ficticia, una paz que a lo único que se asemeja es a la paz de los cementerios?

¿Qué paz, qué seguridad son éstas?

¿Y cómo hemos llegado a este punto?

¿Cuál fue nuestro punto de partida?

Tres puntos y muchas interrogaciones entre ellos.

A todo trataré de responder en este capítulo si bien no debo dejar de olvidar que el dominio político de unas personas sobre otras va normalmente acompañado de otro tipo de dominación que ayuda o confirma ésta pero es ésta, precisamente, la que más claramente se manifiesta a lo largo de la historia. También, según todos los indicios, la primera ya que, como acabo de señalar, es la que nos retrotrae a nuestros ancestros no-racionales pues el hombre, como casi todos los simios, es, naturalmente, un animal social y en todas las especies sociales se da una cierta jerarquía, más marcada en unos casos que en otros pero muy fuerte entre casi todos los primates y simios en general con las lógicas excepciones. Los estudios que se han hecho sobre babuinos, gorilas y demás así lo demuestran.

En todos ellos hay un macho dominante y, a su alrededor, un grupo de machos secundarios siempre dispuestos a restablecer el orden cuando hay algún alboroto y a ocupar el puesto del macho dominante en cuanto éste desaparezca o bien dé alguna muestra de debilidad. Por ello, éste siempre ha de estar alerta y manifestando, con cierta frecuencia, su superioridad sobre los demás. Cualquier estudio de un etólogo al respecto puede servir para ampliar este aspecto por lo cual paso adelante sin más preámbulos aunque sí confesando que no soy un etólogo.

Así pues, nos encontramos con los primeros grupos humanos, unos animales bastante extraños que caminan erguidos pero que corren poco, con unas mandíbulas y unas garras poco adecuadas para el ataque o la defensa pero con algo fundamental: un cerebro muy desarrollado y, casi con toda seguridad, un tipo de lenguaje que le permite la enseñanza de sus conocimientos a sus descendientes.

En este momento, la enseñanza no es un privilegio sino una necesidad social, se deben enseñar todos los adelantos para hacer más efectiva la supervivencia del grupo además de transmitir los transmitidos por las anteriores generaciones.

Y así, ante el pasmo de cualquier observador imparcial, aquel animal, en nada adaptado al medio, no sólo sobrevivió sino que fue más poderoso cuando menos adaptado estaba físicamente a las condiciones medioambientales, una rara avis que se expandía por todo el planeta superando todo tipo de dificultades geográficas, siempre en grupo, siempre con un macho dominante pero este macho era el más fuerte, era aquél que más le interesaba al grupo por sus características para la defensa del mismo y era un jefe que era derrocado cuando no servía para su cometido e, incluso, según apuntan varios antropólogos, puede que el jefe derrocado sirviera de alimento al resto de la tribu, teoría de la cual se aprovechó Freud para construir su, en muchos aspectos, admirable Tótem y tabú  si bien ha sido muy criticada en numerosos puntos por cuanto para otros estudiosos lo que querían hacer al comer al viejo jefe era asumir su poder, su fuerza, como si en su carne estuviera concentrada la capacidad de volver a ser como él, o sea, una especie de reencarnacionismo.

Eran otros tiempos. El hombre, aunque físicamente negase las teorías de Darwin, en realidad, estaba luchando contra todos. Dejó de ser un animal frugívoro para convertirse en omnívoro: las primeras carnes que ingiriera probablemente fuese carroña e insectos así como sería escaso el porcentaje de la misma en sus dietas, porcentaje que fue incrementando a medida que se alejaba de las regiones tropicales hacia otras en las cuales las frutas son más escasas en algunas temporadas del año. El ser humano ya tenía una serie de armas que le permitían defenderse con bastantes probabilidades de éxito frente a los grandes carnívoros incluso de forma individual pero, aun así, el hombre no se encontraba a gusto fuera del grupo, era a él a quien le debía su existencia, quien le defendía y alimentaba pues todo debería ser, más o menos, en común si bien es posible que el jefe fuese quien se llevase la mejor parte como suele suceder entre algunos carnívoros.

Y ya el jefe, a medida que las técnicas cinegéticas se fueron perfeccionando, no tenía por qué ser el más fuerte. Quizás aún, para elegirle, deberían luchar los machos entre sí y el vencedor quedaría como jefe pero éste debía mostrar ahora más inteligencia pues cazar animales más rápidos que el hombre y, en ocasiones, más fuertes requería más destreza que fuerza y, a partir de este momento, comenzó a valorarse la experiencia, ya los jefes no deberían temer servir de alimento a sus subordinados -si bien es posible que entonces naciera el rito de comer sus cerebros, rito que parece atestiguado por el ensanchamiento artificial del foramen magnun, el lugar por el cual el cráneo se une al cuello- y las institución comenzó a tener forma.

Primero fue una necesidad meramente defensiva, ahora lo era ofensiva.

En algún momento, sin que quizá nunca se llegue a conocer el por qué, a pesar de las muchas teorías avanzadas al efecto, la institución comenzó a hacerse hereditaria. Puede que, en un principio, se prefiriera como jefe a alguien emparentado más o menos directamente con el anterior aunque es seguro que habría disputas entre los diversos aspirantes como la ha habido hasta tiempos tan recientes que en España la última guerra carlista, o que, al menos, sus representantes se batieron todos juntos en el mismo bando contra los „otros“, terminó en 1939.

Más adelante, cuando muriera un jefe que hubiera dejado grato recuerdo, se podría llegar fácilmente a la conclusión que sus propios hijos eran las personas más adecuadas para sucederle y, evidentemente, en una hipotética lucha entre ellos era el mayor quien tenía mayores posibilidades de vencer -la eterna lucha entre Caín y Abel aunque de vez en cuando, podía aparecer un Jacob que triunfase sobre Esaú, es decir, la inteligencia sobre la fuerza bruta- y, en base a ello, se estableció con el tiempo el derecho de primogenitura si bien ya estamos en una época relativamente reciente y las diversas culturas han tenido sus propios métodos de elección del jefe, en teoría, más adecuado si bien éste siempre ha tendido a ser quien eligiera a su sucesor quizá para evitarse el ser comido en vida. De lo que no cabe duda es de que el hecho de creer que la capacidad para ser un buen jefe residía en la propia carne del mismo, bien pudo influir en el hecho de que, al ser conscientes los hombres de quiénes eran los hijos que traían al mundo sus mujeres, creyeran que éstos también podían tener en sus genes –claro que entonces no se sabía nada de genética y, en tiempos posteriores, se le dio el nombre de sangre azul para distinguirlos del resto de los mortales pero, según se ha podido comprobar empíricamente, su sangre era tan roja como la del resto de los humanos- la misma capacidad de sus padres.

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Últimas víctimas del franquismo: solo hace 40 años

El Periscopio

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Sí, solo hace 40 años. Cinco jóvenes fueron ajusticiados el 27 de Septiembre de 1975 en aras de una de esas leyes que Franco sacaba de la gorra de los horrores.  Ángel Otaegui y Juan Paredes, militantes de ETA; y  José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz y José Humberto Baena, del FRAP. El dictador no hizo caso de la presión internacional, ni de la petición expresa del Papa Pablo VI. Los cinco fueron fusilados… al alba.

Apenas dos semanas después, en un ventoso y frío 12 de octubre, Francisco Franco enfermó y, tras una dura agonía, murió en su cama el 20 de Noviembre. Tenía 82 años, de los cuales había pasado más de 40 comandando una férrea dictadura, tras vencer en la guerra civil que desencadenó con su golpe de Estado al gobierno legítimo de la II República.

Los que vivimos aquellas últimas ejecuciones del franquismo y lo contamos…

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Formas de dominación (I) Generalidades

DESDE los tiempos más remotos, las oligarquías han inventado las más peregrinas teorías para justificar su pretendida superioridad sobre el común de los mortales. Esta serie de artículos trata de explicar las doctrinas en las cuales se han basado para su intento de dominación y cómo las han llevado a la práctica sin parar mientes en las múltiples contradicciones que ello ha conllevado.

Claro que todos nos preguntamos qué es lo que buscan esas elites a la hora de buscar ese predominio sobre el resto de sus congéneres porque es evidente que en ello hay un propósito: Hay quien ha propuesto que tal objetivo era la búsqueda de riquezas, así la economía sería el principal motor de la historia con lo cual ésta se convertiría en algo muy simplista. Otros autores hablan del ansia de poder, que en realidad a las elites no les interesan las riquezas como tales y que éstas serían un medio para un fin, de esta forma, por ejemplo, las ricas vestiduras que llevan los reyes de épocas pasadas no era para demostrar que tenían un gran tesoro sino para que sus súbditos supieran quiénes eran quienes mandaban, así la ropa no sería sino un simple elemento de estatus, de ahí que en tantas épocas –al menos hasta el siglo XVIII inclusive- se promulgaran tantas leyes contra el lujo, es decir, leyes que impedían a quienes no pertenecían a la nobleza tener determinados atuendos e, incluso entre ellos, dependiendo de su rango en la escala jerárquica, tendrían prohibidos determinadas indumentarias, claro que eso sucedió cuando algunas capas de la sociedad no nobles empezaron a enriquecerse por otros medios que no fuera la tierra, fuente principal de riquezas de la aristocracia hasta los tiempos recientes… Si algunos no nobles o nobles de inferior grado podían vestir igual o mejor que los “grandes”, “pares” o el nombre que tuvieran en otros países, se les iba a confundir por las calles y, al contemplar a muchos así vestidos, el hecho de ser aristócrata iba a verse minusvalorado y serían tratados por un igual tanto los aristócratas como los simples burgueses y, sobre todo, éstos podían arrebatarles el poder, de ahí, de ese ansia por mantenerlo o coparlo que han tenido todos los grupos sociales económicamente más favorecidos por el favor real o republicano, que parezca que el poder es el objetivo final de tales personas. No obstante, desde mi punto de vista así como del de otros autores de la talla de Freud, D. Morris o M. Harris[1] existe otro objetivo mucho menos evidente en la sociedad actual e incluso en las anteriores casi quizás hasta la época prehistórica pero no por eso menos exacto como es el acceso al sexo. En realidad la mujer es el botín de guerra que se ha “aprovechado” en todas las épocas. Los hombres e incluso los niños podían ser asesinados o, utilizando un lenguaje políticamente correcto, sacrificados a los dioses pero no las mujeres, éstas o, al menos, la mayoría especialmente las jóvenes en edad de procrear pasaban a los harenes de los vencedores. Y es que en los distintos sistemas de dominación, casi siempre el hombre dominante tiene un más amplio acceso a las mujeres. Hoy aún escuchamos horrorizados cómo en las distintas guerras, las mujeres son sistemáticamente violadas por los vencedores de tal o cual batalla y no solamente sucede eso en los conflictos del denominado Tercer Mundo entre países de tales lugares sino que también las tropas de los ejércitos “civilizados” toman parte en estas orgías contra los derechos humanos quizás en menor medida que aquéllas pero no por ello son menos espeluznantes.

Pero no sólo en la guerra los hombres de más poder político o económico –aspectos éstos que no siempre van unidos en la actualidad aunque… ya lo comprobaremos en su momento al menos en cuanto se refiere al poder económico demasiado entrometido en el político- o incluso cultural –sin necesidad de hablar de las grandes estrellas de la canción o del cine- tienen acceso a más mujeres que el común de los mortales sino que esto también sucede en la paz como tenemos ocasión de comprobar día tras día en una actitud asumida no sólo por los hombres sino también por las mujeres. Y es que lo que en realidad le interesa al varón dominante es esparcir sus semen a los cuatro vientos, tener el mayor número de vástagos posibles aun cuando luego no los reconozcan como era tan habitual entre los reyes y nobles de tiempos pasados quizá porque no estuvieran del todo seguros de que fueran suyos que, cuando sí, algunos de ellos sí lo fueron y llegaron a ocupar puestos importantes tanto en la milicia (Juan de Austria) como en la política (Juan José de Austria más conocido como el cardenal-infante) o en la religión (el ya citado Juan José o el hijo de Fernando el Católico que terminó siendo arzobispo de Zaragoza). Se me dirá que también las mujeres de cierto nivel social tienen sus hombres pero hay que tener en cuenta que éstas, desde un punto de vista biológico, no tienen la misma necesidad de expandir sus genes a los cuatro vientos, ellas sólo pueden tener un embarazo de cada vez y, por ello, en ellas la pulsión hacia el sexo –independientemente de los cambios que en esta materia se han dado últimamente y que más coinciden con los hábitos de los machos asimilados por las hembras- no tiene la misma perentoriedad que en el hombre, en realidad, cuando buscan un segundo o tercer o… hombre, lo que buscan es amor o un sexo más placentero o, incluso, simplemente diversificar. El hombre, no. De ahí que todas las sociedades guerreras hayan sido tan “celosas” con respecto a sus mujeres si exceptuamos a los espartanos, demasiado liberales para su tiempo en este tema pero es que en esta sociedad lo que primaba no era que el hombre tuviera más hijos sino la polis más guerreros… Aquí el papel del ser individual lo tomaba la colectividad.

Si miramos a lo largo de la historia, las comunidades más pacíficas –o menos militaristas- son aquéllas en las cuales las mujeres tienen más libertades o, en todo caso, están menos encadenadas y así lo vemos en el viejo Egipto donde incluso una mujer llegó a gobernar aunque, eso sí, vestida como un hombre y siendo faraón, no “faraona”. También en el mundo occidental comprobamos, desde los viejos tiempos feudales, cómo, a medida que la sociedad –que no los gobiernos- ha ido repudiando la guerra, las mujeres han alcanzado unas cotas de libertad que hubieran sido inimaginables incluso para quienes habitaban esta parte del mundo hace poco más de medio siglo.

Naturalmente esta serie no va a tratar de cómo los hombres se dedicaban a conseguir más mujeres para expandir sus genes a diestro y siniestro, estas líneas lo único que quieren exponer es cuál es el objetivo último de tantos dominios que, a lo largo de la historia, han adquirido tantas máscaras intentando sublimar lo que, a la postre, no son sino las simples peleas entre los simios por tener el mayor número de hembras posibles e impidiendo, en la mayoría de los casos, el acceso a las mismas del resto de sus congéneres. Esto hoy día no se puede conseguir[2] pero, a la postre, es lo que intentan. El ansia de poder no es sino el ansia de tener muchas mujeres disponibles y no el ansia de riquezas que, en la medida que cumple el mismo objetivo, puede llegar a ser equivalente lo mismo que la notoriedad en cualquier campo. Por eso la historia de las formas de dominación es una historia fundamentalmente de hombres así como de aquellas escasas mujeres que adoptaron la misma ideología sin saber realmente para qué querían el poder, la riqueza o la notoriedad pues ellas no necesitan de estos aspectos para tener un número de hombres suficientes para sus apetencias sexuales… es posible que ellas sí busquen el poder, la riqueza o la notoriedad por sí mismos.

[1] V. FREUD: El malestar en la cultura, pp. 65-66, MORRIS: El mono desnudo, p. 114 y HARRIS: Vacas, cerdos, guerras y brujas (Los enigmas de la cultura), pp. 100 y ss.

[2] La parte fundamental de esta serie la escribí hace ya varios años. Hoy día no estaría yo tan seguro de una afirmación tan categórica.

El mito de las dos (o las tres) Españas

Son muchos los autores que se han preguntado por los orígenes de la Guerra Civil pero, a la postre, todos terminaron por indicar que tuvo su origen durante la Segunda República hasta el punto que muchos de ellos ven este quinquenio simplemente como un prólogo para la misma cuando, bien mirado, si hubo una guerra civil se debió fundamentalmente a que una docena de generales seguidos por unos cuantos coroneles se sublevaron acompañados por una parte importante del resto de sus jefes y una proporción relativamente alta de la oficialidad y de la suboficialidad. Como bien dijera Tusell[1], en los primeros días de julio de 1936 no había más que una España, cierto que muchos españoles no estaban de acuerdo con el resultado de las anteriores elecciones y, como apunta el mismo Tusell, ni tan siquiera eran partidarios de aquellas consultas populares pero ese cuento de las dos Españas del ‘36 no pasa de ser eso, un cuento que, además, está motivado por una mala interpretación de unos versos de Machado porque cuando él habla de las dos Españas se refiriendo a “una España que muere y otra que bosteza” (cito de memoria), para él hay una tercera que está naciendo representada en ese “españolito que vienes al mundo”; pero es que tampoco existían tres Españas, eso no es más que una figura poética. Primero, porque, se mire como se mire un mapa, no hay más que una España y, segundo, porque si se refiere a las diversas ideologías que entonces había y sus distintas formas de enfocar el tema de España –curioso que luego de tantos siglos aún sigamos preguntándonos por la esencia de España y más ahora con el proceso de intento secesionista por parte de Cataluña-, no había, desde luego una izquierda y una derecha por cuanto desde los anarquistas hasta los falangistas y carlistas había un muy amplio abanico de opciones. Más cuarenta partidos llegaron a estar representados en las Cortes y aunque algunos no se diferenciaban de otros más que en las siglas, había comunistas, socialistas, republicanos de izquierda, centro y derecha, nacionalistas también de las tres tendencias, antirrepublicanos que iban desde el centro-derecha hasta la extrema derecha y eso sólo refiriéndome a quienes tenían representación en el hemiciclo por cuanto anarquistas y falangistas, por hablar de los dos extremos, nunca tuvieron representación parlamentaria como tales a pesar que Primo de Rivera obtuviera un acta en las elecciones de 1933, pero se presentó en una lista monárquica y Ángel Pestaña, con su acta por el Frente Popular, no representaba a ningún grupo anarquista contrarios, por esencia, a tal tipo de juegos.

No, las dos Españas sólo existieron durante la guerra y no porque hubiera dos bandos homogéneos, que no los hubo a pesar de la mano de hierro de Franco hiciera sospechar que había una gran unidad entre los suyos… bueno, sí, la hubo en el hecho de que todos estaban de acuerdo en derribar al sistema republicano y no por el sistema en sí sino por cuanto representaba de avance social para la gran mayoría de los españoles a la vez que fueron muy escasos los perjudicados por ella pero, aparte este anti, había multitud de lo que hoy denominaríamos sensibilidades. En cuanto a la zona gubernamental, conocidos son de todos los problemas que nacieron debido a las suspicacias de unos y de otros aunque, a la postre, todo quedó en un enfrentamiento de anticomunistas y pro-comunistas… pero esto también es un mito a pesar que con Casado, el coronel golpista, hubo socialistas y anarquistas como Besteiro y Mera pero los problemas fueron mucho más profundos.

Naturalmente que ese mito de las dos Españas ha favorecido a la derecha especialmente a la autoritaria -¿es que hay derecha que no sea, en mayor o menor medida, autoritaria?- por cuanto se ha extendido la versión del cainismo de los españoles, una versión poco acorde con la realidad especialmente si comparamos la historia de España con la de casi cualquier otra nación, las guerras civiles, las revoluciones y todo tipo de revueltas han estado a la orden del día aunque otras naciones han tendido a promover una visión de su historia mucho más amable, así los británicos, cuando hablan de “su” revolución, no se refieren a la que tuvo lugar en la época de Cromwell con el consiguiente decapitación de Carlos I sino a la de 1681, posterior y mucho menos sangrienta contraponiéndola así a las revoluciones francesa y rusa especialmente –suelen olvidarse de la estadounidense quizá porque de ella tuvieron que salir por piernas o por esa sensación que parecen tener de hermandad con el otro lado del Atlántico- entre otras pero la historia tanto inglesa como británica está llena de guerras de todo tipo y lo mismo cabe decir d prácticamente cualquier otra.

Sin embargo, la diferencia de España es que ésta ha sido, que yo sepa, la única entre las grandes naciones del Oeste europeo –allí donde mis conocimientos son mayores- que se ha creído su propia leyenda negra como podemos comprobar en una gran parte de los historiadores, creencia que ha sido, además, propalada por hispanistas a quienes se les ha atribuido una objetividad de la cual carecía o carecen en muchas ocasiones. Y, en cuanto al siglo XX, sobre todo a su primer tercio, creo que la obra de Gerald Brenan, El laberinto español, pasa por ser la más nefasta en esta materia precisamente por el aura de santón que siempre ha caracterizado la leyenda de don Geraldo según le llamaban en La Alpujarra granadina.

Naturalmente no voy a decir que los españoles hayamos sido mejores que nuestros vecinos europeos, pero tampoco peores sin embargo la existencia de esa leyenda y su aceptación por parte de los españoles ha hecho que la derecha involucionista de hoy y de siempre, haya utilizado tales argumentos diciendo como, por ejemplo, hizo el propio Franco que la democracia estaba bien para Francia, Gran Bretaña, etc.  pero que los españoles necesitábamos de mano dura para no desmandarnos como si ellos –que, por cierto, no dejan de ser españoles que, a su vez, deben necesitar mano dura… ¿o ellos, no?- supieran qué es lo que más nos interesa a los españoles y qué no. A la postre es la misma postura del ministro Morenés cuando amenaza a los catalanes con utilizar el ejército si no votan lo que a él y sus jefes más le apetezca.

[1] TUSELL, Javier: “Las fuerzas políticas nacionales” en VV. AA.: La Guerra de España (1931-1939) Círculo de Lectores/EL país (Madrid, 1986), p. 106

“La carrera global a la baja” por LUCIA PRADELLA

El desempleo ha alcanzado cotas sin precedentes en Europa Occidental, los salarios menguan y los ataques al movimiento obrero organizado se intensifican. En 2013, alrededor de un cuarto de la población europea occidental, unos 92 millones de personas, se hallaba en riesgo de pobreza o exclusión social. Eran unos 8,5 millones de personas más que antes de la crisis. La pobreza, la privación material y la sobreexplotación, tradicionalmente asociadas al Sur, reaparecen en las partes ricas de Europa. La crisis está socavando el “modelo social europeo” y su presunción de que el empleo protege a los individuos de la pobreza. El número de ocupados pobres -trabajadores con empleo que viven en hogares con una renta anual inferior al umbral de pobreza- está creciendo y la austeridad va a empeorar las cosas mucho más en el futuro.

Quienes critican la austeridad alegan que es absurda y contraproducente, pero los líderes europeos discrepan. Durante la última ronda de negociaciones con Grecia, la canciller alemana Angela Merkel declaró que “ no es cuestión de varios miles de millones de euros, sino que se trata fundamentalmente de cómo puede la UE mantenerse competitiva en el mundo”. Hay un grano de verdad en esto, pero lo que Merkel no dice es que los trabajadores en Europa, y particularmente en Europa meridional, compiten cada vez más con los trabajadores del Sur. El creciente empobrecimiento y la austeridad en la UE son dos caras de la misma moneda, y ambas reflejan las tendencias estructurales que conducen a la depauperación y a profundos cambios de la economía mundial.

En la sociedad capitalista, los beneficios provienen del trabajo vivo de los trabajadores, de modo que el aumento de la productividad no está destinado a mejorar el nivel de vida, sino más bien a rebajar el salario relativo, es decir, la diferencia entre el valor producido y el valor retenido por los trabajadores. Así, la acumulación de capital tiende a incrementar la polarización entre la riqueza y la pobreza relativas, que pueden coexistir con mejoras del nivel de vida de algunas fracciones de la clase trabajadora. Esta dinámica, así como la relación social subyacente entre trabajadores y capitalistas, no se detiene ante las fronteras nacionales. Para Marx, la depauperación no es simplemente una cuestión de salarios reales de las clases trabajadoras del Norte, sino que implica aspectos cuantitativos y cualitativos del trabajo de los obreros y de las condiciones de vida a escala global y no tanto nacional.

El expansionismo económico y militar es parte integrante de la acumulación de capital, pues permite incrementar el ejército de reserva global de mano de obra explotable mediante la inversión extranjera o la migración. Una mayor oferta de mano de obra permite al capital reducir los salarios y prolongar la jornada laboral, reducir la demanda de nuevos trabajadores e incrementar así la oferta de mano de obra, en un círculo vicioso de sobretrabajo y subempleo o desempleo que opera a escala global.

Integración y globalización

Esta dinámica ayuda a explicar cómo es posible que en pleno apogeo de una de las mayores revoluciones de las tecnologías de la información y la comunicación desde mediados de la década de 1970 el mundo haya experimentado un rápido aumento de la pobreza en el mundo. Incluso el Banco Mundial admite que, sin contar a China, entre 1981 y 2004 la pobreza extrema (personas que viven con menos de 1,25 dólares al día) ha aumentado en todas las “regiones en desarrollo”. Un estudio reciente del Pew Research Center revela que pese a los elogiosos informes publicados sobre una nueva clase media emergente a escala global, si nos basamos en el umbral de pobreza aplicado en EE UU, el 84 % de la población mundial era pobre en 2011 (vivía con menos de 20 dólares al día). Es más, la parte del PIB correspondiente a los salarios ha descendido en la mayoría de países a lo largo de los últimos 30 años –reflejando una pérdida de posiciones del trabajo frente al capital– incluso en regiones en que la pobreza extrema ha disminuido últimamente, como en China, América Latina y Europa Oriental.

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“Para leer en 2050” por Boaventura de Sousa Santos

Algún día, cuando se pueda caracterizar la época en que vivimos, la principal sorpresa será que todo se vivió sin antes ni después, sustituyendo la causalidad por la simultaneidad, la historia por la noticia, la memoria por el silencio, el futuro por el pasado, el problema por la solución. Así, las atrocidades bien pudieron atribuirse a las víctimas; los agresores fueron condecorados por su valentía en la lucha contra las agresiones; los ladrones fueron jueces; los grandes responsables políticos pudieron tener una cualidad moral minúscula en comparación con la magnitud de las consecuencias de sus decisiones. Fue una época de excesos vividos como carencias; la velocidad fue siempre menor de lo que debía ser; la destrucción siempre justificada por la urgencia de construir. El oro fue la base de todo, pero estaba asentado en una nube. Todos fueron emprendedores hasta demostrar lo contario, pero la prueba de lo contrario fue prohibida por las pruebas a favor. Hubo inadaptados, aunque la inadaptación apenas se distinguía de la adaptación: tantos eran los campos de concentración de la heterodoxia dispersos por la ciudad, por los bares, por las discotecas, por la droga, por Facebook.

La opinión pública pasó a ser igual a la privada de quien tenía poder para publicitarla. El insulto se convirtió en el medio más eficaz del ignorante para ser intelectualmente igual al sabio.

Se desarrolló el modo a través del cual los envases inventaron sus propios productos y de no haber productos fuera de ellos. Por eso, los paisajes se convirtieron en paquetes turísticos y las fuentes y manantiales tomaron la forma de botella. Cambió el nombre de las cosas para que estas se olvidaran de lo que eran. La desigualdad pasó a llamarse mérito; la miseria, austeridad; la hipocresía, derechos humanos; la guerra civil sin control, intervención humanitaria; la guerra civil mitigada, democracia. La propia guerra pasó a llamarse paz para poder ser infinita. También el Guernika pasó a ser un mero cuadro de Picasso para no estorbar el futuro del eterno presente. Fue una época que comenzó con una catástrofe, pero que pronto logró convertir catástrofes en entretenimiento. Cuando una gran catástrofe sobrevenía, parecía ser sólo una nueva serie.

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¿De verdad quiere la Troika que Grecia pague su deuda?

Luego de pensar muy detenidamente sobre el problema de la deuda en Grecia, estoy convencido de que la Troika no quiere que los griegos paguen la deuda que les tiene en la miseria. Es difícil explicar los motivos que les ha llevado a esta forma de actuar pero no lo es tanto averiguar por qué he llegado a tal conclusión.

Mi padre era ejecutivo en una sucursal bancaria de una pequeña localidad y me explicó que, cuando algún empresario, no podía pagar su préstamo, no intentaban quitarle su negocio porque, a la postre, ¿para qué quería el banco, por ejemplo, una pequeña explotación agropecuaria, que era lo más corriente? Absolutamente para nada y por eso no se molestaban cuando, terminado su crédito, iban a otro banco, pedían un crédito para pagar el anterior y así, de una forma u otra, seguir adelante con su negocio. Lo importante era que siguieran pagando los intereses y no crear morosos.

No tengo la impresión que los acreedores de Grecia tengan esas intenciones, al parecer quieren quedarse con todo lo público pero… ¿para qué?

Cuando comenzó a mencionarse en los medios el problema de la deuda griega, ésta estaba aproximadamente en el 130% del PIB –hay otras cifras, lo mismo que sucede con las que hablaré más adelante, pero ésta es la que más veces he visto impresa- mientras que, ahora, esa deuda se ha transformado en el 170% del PIB más o menos… ¿Es que los griegos han conseguido nuevas formas de financiación? No. en realidad, los griegos siguen debiendo los mismos euros que hace cuatro o cinco años y hasta puede que alguno menos. Entonces, ¿qué ha sucedido?

Muy sencillo. El PIB griego ahora es el 75% de lo que era hace cuatro o cinco años debido fundamentalmente a las políticas mal llamadas austericidas (esta palabra implicaría matar la austeridad cosa que, como es bien sabido, no está sucediendo en ningún país) por lo cual, si suponemos que a principios de esta década, los griegos producían por valor de cien mil millones –estas cifras sólo son ejemplos para hacer más comprensible lo que quiero explicar-, su deuda se elevaría a ciento treinta mil millones pero, si ahora, sólo producen setenta y cinco mil millones, eso implicaría que los ciento treinta mil millones serían el 173% de su PIB que es, mutatis mutandi, lo que deben los griegos –o quienes sean que han provocado esta situación- o, incluso, si se toma como exacta la cifra del 170%, supondría que se habría deducido una pequeña cantidad a pesar de todo.

Es decir, en líneas generales, la deuda griega en estos años no se ha visto aumentada y, si ahora es más complicado pagarla, se debe a las políticas económicas que se han visto obligadas a seguir. En lugar de buscar fórmulas que le permitiera a ese país aumentar su PIB con lo cual sería más fácil pagar la deuda porque, desengañémonos, a este paso llegará un momento que no tendrán forma de pagar siquiera los intereses dado que éstos son más altos que el del resto de los países europeos –olvidémonos de la famosa, hasta hace uno o dos años, prima de riesgo pues, como el PIB, no es más que un punto de referencia, en este caso, del bono alemán por cuanto, cuando en tiempos de Zapatero subió la prima de forma desmesurada no se debió a que la Hacienda española tuviera que pagar unos intereses mayores, simplemente, el bono alemán bajó de cerca del 4% a poco más del 1% y eso implicaba que la prima de riesgo española subiera cerca de trescientos puntos mientras se seguían pagando intereses similares- y, desde luego, de ninguna forma podrán pagar el principal a no ser que hagan como Gran Bretaña tras la guerras napoleónicas que, según recuerda Piketty, durante cerca de un siglo sólo pagó los intereses y nunca l principal… y así se convirtió en la mayor potencia del mundo durante todo el siglo XIX.

Es decir, los acreedores no quieren que los griegos les paguen las deudas, lo que quieren, realmente, es quedarse con Grecia tal cual.

También existe otra posibilidad que, en ocasiones, me parece mucho más acertada aunque he de confesar que, en los últimos años me estoy convirtiendo en un conspiranoico pero, teniendo en cuenta lo que está sucediendo en el mundo en los últimos lustros…

La posibilidad que menciono estaría basada en La doctrina del shock de Naomi Klein y todo no sería más que un aviso a navegantes de lo que les puede suceder a los demás países caso de no adecuarse a lo que manden los mercados financieros… y, claro, mientras se quedan con Grecia y con lo que haga falta.